Era la primera noche que pasaban en el piso que acababan de alquilar. Era un precioso ático en pleno barrio de Salamanca, y les había salido tirado de precio solo por la estupidez de que a la antigua inquilina se la había cargado su ex novio en el baño tras un ataque de celos.
Su novia se acurrucó contra su pecho en busca de calor. Las ventanas eran un poco viejas y no aislaban bien del frío exterior. Un mal menor que discutiría con el casero...
Un débil ruido comenzó a escucharse en todo el piso. Sonaba como si un pájaro picoteara una superficie dura, de forma constante y monótona. A ratos cesaba, a ratos volvía, siempre con la misma débil intensidad y el mismo ritmo.
- ¿Qué suena, cariño? -le preguntó ella en un susurro, casi dormida.
- No sé -le respondió-. Es probable que sea el espejo del baño contrayéndose después de apagar la luz.
A ambos les valió la respuesta y se quedaron dormidos mientras el sonido del picoteo se diluía en sus subconscientes.
A las 7.00 de la mañana el despertador los arrancó del sueño. Como siempre ella se levantó primero mientras él disfrutaba unos minutos más de toda la amplitud de la cama, pero esta vez no tuvo tiempo de regodearse en el hueco caliente que ella había dejado, su grito le levantó de golpe.
Salió al recibidor y la encontró con las manos en la boca mirando paralizada al interior del baño. Él se acercó despacio y miró por encima de su hombro. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no gritar también.
Los azulejos blancos del baño estaban cubiertos de goterones rojos, como si las juntas lloraran sangre; pero sin duda lo más sobrecogedor de la escena era el mensaje escrito en el espejo. Estaba picoteado sobre su superficie, como esculpido con un cincel.
"Esta es mi casa. Marchaos."
