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domingo, 9 de octubre de 2016

La muñeca de porcelana


Miró fijamente cada centímetro de su piel de porcelana. Los ojos de cristal permanecían impasibles, pero la sensación de que aquella estúpida muñeca se había movido no lo abandonó.

¿Qué era lo que le había dicho el dependiente cuando salía por la puerta?

"Que tenga un buen día."

No, no era lo que le había dicho, sino cómo lo había dicho, con esa extraña sonrisa en la boca. Le había recordado a un lobo ladino observando una manada de ovejas... Qué estupidez, pensó en aquel momento, pero ya no, ya no lo creía. Esa muñeca, que le miraba desde el vacío de sus ojos de cristal, tenía algo perverso... algo diabólico.

-¿Para quién es? -le había preguntado el extraño dependiente.

-Es para mi mujer -le respondí-, las colecciona.

-Estupendo. No la vendemos para niños.

LA vendemos. Eso había dicho, como si fuera única en el mundo.

Se acercó aún más a ella. Apenas tres centímetros separaban su nariz de las pestañas artificiales y rizadas de la muñeca. Contuvo la respiración mientras observaba con desquiciada atención cualquier mínimo movimiento, por imperceptible que fuera.

Y entonces lo vio: el ligero brillo en sus ojos, el atisbo de sonrisa en su boca pintada... pero no había nada agradable en aquellos dos vestigios, todo lo contrario, eran dos muecas procedentes del infierno.

Cogió aire para gritar, movido por una evidencia tan ilógica que lo hacía enloquecer, pero no llegó a hacerlo, el grito de su vecina se adelantó. Sonó tan desgarrador, tan inhumano, que por un instante se olvidó de la muñeca y se asomó a la ventana para intentar averiguar qué había provocado semejante alarido.

Lo que vio sería la imagen a la que recurrirían sus pesadillas el resto de su vida.

Su mujer, su amada Matilde, yacía colgada por el cuello del árbol más alto del jardín. Sus pies desnudos se balanceaban sin vida al antojo de la suave brisa y la expresión de su rostro amoratado era una oda al sufrimiento.

Se llevó las dos manos a la cabeza para evitar que estallase en mil pedazos y entonces escuchó la risa ahogada a su espalda. El vello de su nuca se puso de punta.

Al volverse se encontró el rostro de la muñeca que ya no ocultaba su diabólica sonrisa.

-Has sido tú -le gritó cayendo de rodillas y sintiendo que su razón cedía el sitio a la locura-. ¡Has sido tú!

Gritó y gritó y continuó gritando mientras los celadores del manicomio lo arrastraban a la furgoneta de enfermos para ingresarlo.

-Ha sido la muñeca -les decía-. Ella la mató.

Por eso, tened cuidado cuando llevéis a casa a una de esas dulces y angelicales doncellas de porcelana, tal vez sea LA muñeca la que estéis colocando sobre vuestras camas, al alcance de vuestros seres queridos...

lunes, 2 de noviembre de 2015

Interferencias del Otro Lado



Al principio no eran más que eso, interferencias en la radio. La típica niebla ruidosa que se cuela de fondo tras las noticias de última hora del día, cuando rendido caes en la cama y esperas a que el sueño te venza.
Después las interferencias se volvieron más nítidas, no inteligibles por completo, pero sí lo suficiente como para entender palabras. En un primer momento creyó que se trataba de otra emisora intentado abrirse paso en la misma frecuencia, pero por más que intentaba re-sintonizar la voz intrusa no se disipaba.

El día que por fin consiguió entender el mensaje completo que se escondía tras las interferencias de la otra emisora, apagó la radio de un golpe y se prometió que nunca más volvería a encenderla. Hubiera salido de la cama para arrojarla por el balcón, pero estaba demasiado aterrorizado para hacerlo.
Su promesa de nada sirvió, a media noche se despertó con la niebla ruidosa susurrándole al oído y, por encima de ella, la voz extraña, hueca y añeja, repitiendo su mensaje una y otra vez.

- Ella te espera detrás de la puerta. Vigila con ojos y cara de muerta.
Quiso gritar cuando vio iluminarse dos ojos cubiertos de venas palpitantes bajo la puerta, pero perdió el conocimiento antes de poder hacerlo.

Mejor así, pues el horror que apareció tras la puerta le habría quebrado la razón y le hubiera arrastrado antes de tiempo a los infiernos. El muerto que irrumpió en su habitación no quería llevárselo a él, sino destruir la maldita radio para que las voces de los vivos dejaran de perturbar el descanso eterno de los muertos.

lunes, 26 de octubre de 2015

Historias de Ouijas



Habían estado jugando a la ouija en el cementerio, cerca de la tumba de Mike el Loco, que había muerto ahorcado en el cobertizo de su casa. Lo encontró su vecino colgando de una de las vigas de madera del techo. Nadie sabe cómo lo hizo, pues no encontraron a su alrededor ningún objeto que hubiera podido usar para saltar.
Era evidente que uno de sus amigos estaba moviendo el puntero, pero Aníbal ignoraba quien. Incluso cuando preguntó qué era lo que guardaba en el bolsillo y el puntero construyó la palabra SOLEDAD (llevaba una foto de su padre muerto en la guerra de Afganistán), continuó pensando que era alguno de los demás el que lo deslizaba por el tablero.

Sin embargo ahora, en la soledad de su casa, ya no estaba tan seguro. Llevaba el tablero bajo el brazo y tenía que subirlo al desván. Maldijo el momento en el que lo encontró y se le ocurrió la gran idea de contárselo a sus amigos. Ahora tenía que devolverlo a su sitio antes de que regresara su madre y le montara una escenita sobre madurez y responsabilidad.

Algo se movió en el desván, lo escuchó arrastrarse encima de su cabeza. Estaba delante de las escaleras que conducían a la oscura habitación abuhardillada y el corazón se le detuvo. No podía ser real lo que estaba escuchando.

Le llegó un susurro de palabras que parecía proceder de la rendija bajo la puerta del desván. ¿No sonaba igual de cascada y terrosa que la del viejo Mike? ¿No escuchaba como el arrastrar de una soga cuyo otro extremo estuviera anudado a su cuello?
Se golpeó la cabeza con el puño y se dijo que no pensara estupideces. Tan solo estaba dejándose llevar por el pánico.

Subió las escaleras corriendo y abrió la puerta del desván.
Oscuridad y silencio en partes iguales.

La caja donde había encontrado la ouija estaba al otro lado del desván, bajo una pequeña claraboya cubierta de polvo. Miró a su alrededor sintiéndose estúpido por no poder controlar el temblor de piernas que le sacudía.
No había nada allí salvo trastos inútiles y telas raídas, pero la sensación de pánico no le abandonaba. Corrió hasta la caja y soltó el tablero encima. Bajo la tenue luz de la claraboya parecía que todo se veía más tranquilo y el ritmo de su corazón se ralentizó.

Cogió el puntero y lo puso sobre el “No.”
- No –dijo-. No hay ningún espíritu en esta habitación.

Entonces la puerta del desván se cerró de golpe y el puntero se movió lentamente hacia el “Sí”…

martes, 20 de octubre de 2015

Abandonado hasta el anochecer

 
Esta mañana he visto una notica en los medios de comunicación sobre la cantidad de pueblos que se están quedando vacíos. Comentaban que era debido a la tendencia de la población a abandonar el medio rural y mudarse a las ciudades donde hay mayores oportunidades, pero yo sé que no es cierto.
Los equipos de reporteros se desplazan allí durante el día y no ven más que parcelas desiertas y casas medio derruidas, devastadas por los temporales y la falta de mantenimiento. Las ventanas de cristales rotos se abren a habitaciones de techos desconchados por la humedad y muebles raídos. Son pueblos fantasmas durante el día, pero si tu coche se queda parado en mitad de uno de esos páramos después de haber anochecido, tu percepción de lo que es un pueblo fantasma puede cambiar.
Hay cosas que se esconden en la oscuridad y esperan la noche para arrastrarse y salir a la superficie. No son humanos… ya no.
Huelen a podrido y sus huesos se fracturan al caminar, pero no les duele, ya no están vivos. Sin embargo necesitan seguir alimentándose, y la sangre de los que aún respiran es lo que más ansían. Si detectan tu presencia, ya no podrás escapar.
No salgas del coche, no te muevas, no respires… Escóndete bajo los asientos e ignora los ruidos que oirás en el exterior. Quizás arañen el coche, quizás asomen sus cadavéricos rostros por la ventanilla… no te muevas. Espera al alba y reza para que no descubran que estás ahí.
Si una de esas criaturas llega a tu pueblo, corre. Si dudas, aunque solo sea un segundo, pasarás a formar parte del listado de las personas que se “mudan” a la ciudad.
Ya lo dijo Bam Stoker, “los muertos caminan deprisa.”

martes, 23 de septiembre de 2014

En el límite de la amistad


Alicia levantó los ojos y miró al edificio de cristal negro que se alzaba ante ella. Su silueta apenas se recortaba sobre el cielo nocturno. 

La calle estaba desierta, cuatro farolas dispersas formaban pequeñas islas de luz naranja en mitad de un oceano de oscuridad. Alicia se encontraba bajo una de ellas y miraba cada cinco minutos su reloj de pulsera. La temperatura bajaba a un ritmo frenético y con las prisas había olvidado la chaqueta en casa.
Pero temblaba por algo más que por frío.

Un solitario taxi apareció al fondo de la calle justo cuando el reloj marcaba la media noche. Se detuvo al lado de Alicia y de la parte trasera se bajó un hombre. Sonrieron al reconocerse y dejaron alejarse al taxi en silencio antes de que alguno de los dos comenzara a hablar.

Llevaban muchos años trabajando juntos bajo la alargada sombra de aquel edificio. Días enteros con sus noches, muchas desilusiones, muchas decepciones, cargas pesadas difíciles de soportar, sueños robados por la desazón y la angustia; pero Alicia siempre había encontrado en él un hombro donde apoyar el exceso de carga, su propia isla de luz en la que resistir a las tinieblas, su soporte.

Tenían una relación que ni ella misma se atrevía a entender. Sin él no habría llegado donde estaba, le debía lo que era... y por eso le había citado en aquel lugar.

Lo cogió primero de las manos y después le abrazó.

- ¿Qué es lo que pasa, Alicia?

Le conocía lo suficiente para saber por su tono que estaba preocupado.

- ¿Puedo confiar en ti? -le preguntó sin poder dejar de temblar.

- Sabes que sí -respondió mirándola a los ojos.

- ¿Siempre?

- Siempre.

Se produjeron unos instantes de silencio mientras Alicia hacia acopio de todo el valor que le quedaba. Repitió la frase varias veces en su cabeza antes de ser capaz de decirla en voz alta.

- Mañana el jefe no vendrá trabajar -pausa-, y tienes que ayudarme a deshacerme de su cuerpo.

martes, 9 de septiembre de 2014

La isla


Pasé doce años perdido en una isla desierta. Mi barco naufragó en el Atlántico cuando transportaba maquinaria a Sudamérica, y sobreviví a base de moluscos, bayas y agua de lluvia. Sólo Dios sabe por qué no morí de inanición.

Siempre supe que aquella isla ejercía una especie de poder místico, sobrenatural, sobre todo cuanto caía en ella, pero nunca llegué a averiguarlo hasta haber conseguido abandonarla.

Un día, en algún momento de lo que supuse 2026, una embarcación arribó en la costa donde tenía montado mi campamento. Era poco más que un barco de recreo y en su interior no había tripulación. Un par de botellas de vino vacías se mecían sobre la cubierta como única evidencia de que en algún momento alguien tripuló la nave.

Había sido patrón de transatlánticos durante toda mi vida, por lo que manejar aquella embarcación no me supuso ningún problema. El GPS se encontraba en perfecto estado y los tanques a rebosar de combustible, sin duda era un barco fantasma. En poco más de tres días regresé a mi Galicia natal y descubrí con horror que el mundo había cambiado.

Un basto desierto se extendía donde siempre se había levantado Vigo. Un negro horizonte de tierra árida y yerma cubría cuanto la vista me alcanzaba a ver. ¿De qué oscura pesadilla se había escapado aquel paisaje tan desolador?

Vagué durante días por un eterno desierto, alimentándome de carne de serpiente cruda que era lo único que se arrastraba por aquellos lares; y bebiendo de riachuelos fangosos, tragando más tierra que agua. Cuando ya pensaba que moriría en soledad y que los pérfidos reptiles devorarían mis entrañas, emergió ante mí, tras la sombra de una gigante duna de arena, una muralla imponente edificada con piedra.

Dos almenaras custodiaban las puertas de acero y sobre ellas varios arqueros me apuntaron con rudimentarios arcos de madera.

- ¿Quién va? -preguntó uno de ellos mientras el viento arrastraba la potencia de su voz.

- Mi nombre es Marc Gideon y necesito ayuda -dije haciendo acopio de mis últimas fuerzas para hacerme oír.

- ¿Gideon decís? -preguntaron.

- Marc Gideon -repetí pensando que tal vez no me hubieran oído, como si mi nombre fuera relevante-. Hijo de Ernest Gideon, naturales de Vigo. Hermosa ciudad que ha desaparecido.

Las puertas se abrieron y fui escoltado por una especie de guardia armada por la calles de una ciudadela que parecía sacada del siglo XV. La gente, de aspecto harapiento, espiaba nuestro paso a través de las rendijas de puertas y ventanas. Yo estaba demasiado exhausto para sorprenderme por el entorno.

Me condujeron ante el que a todas luces era el jefe de la comunidad, no solo por las ropas que lucía, sino por la cantidad de escolta que le cubría las espaldas.

- ¿De verdad eres Marc Gideon? -me preguntó intentando disimular cierto temblor en la voz.

Asentí mientras me derrumbaba a sus pies incapaz de soportar más mi peso.

- ¿Dónde está mi ciudad? -le pregunté-. ¿Qué ha pasado con todo el mundo?

- Estalló la Tercera Guerra Mundial -me dijo el desconocido-. El armamento atómico y nuclear ha destruido el planeta. Todo vestigio de civilización ha sido reducido a cenizas y pronto no quedará ni oxígeno para seguir respirando -hizo una pausa antes de continuar-. ¿Eres el Marc Gideon cuyo barco naufragó en el mar Atlántico?

- Sí -respondí con lágrimas en los ojos incapaz de comprender la relevancia de mi nombre-. ¿Qué importancia puede tener eso después de lo que me has contado?

- Marc -dijo tendiéndome la mano el hombre que se alzaba ante mí y que probablemete me doblara la edad-, mi nombre es Jonás Gideon. Y soy tu nieto.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Entre reflejos


Sucedió de la noche a la mañana, sin un aviso previo o una señal que marcara el comienzo. Aunque ahora que lo pienso, puede que la señal fuera él.

Un día, cuando sacaba al señor Tomas de paseo, entré en el ascensor y los espejos enfretados de las paredes me devolvieron un mosaico infinito de "yos". Sabeís a lo que me refiero, ¿no? El reflejo de una imagen saltado de un espejo al otro hasta el infinito.

Pues en uno de los últimos reflejos que la vista es capaz de distinguir con cierta nitidez, vi un hombre apostado detrás de mí. Por raro que parezca, no me sobresalté, simplemente me pregunté qué era lo que significaba.

Hasta la Navidad de aquel año, el hombre permaneció en el último reflejo de los espejos, impasible al tiempo, y me acostumbré tanto a su presencia que llegué a ignorarlo. 

Pero con el nuevo año su reflejo se extendió y cubrió tres más. Fue entonces cuando conseguí diferenciar su indumentaria negra, su rostro pálido y de expresión serena, sus ojos negros como abismos de oscuridad... Pronto comprendí lo que esa visión presagiaba y recé para que dejara de avanzar entre reflejos.

Durante dos meses se mantuvo inmóvil, cada vez que bajaba al señor Tomas observaba su reflejo sereno, aguardando paciente. "No hay prisa", decía su expresión. Yo, por alguna razón, no experimentaba temor al verlo pues su figura transmitía paz y sosiego.

Entonces su avance aceleró. A comienzos de verano tan solo dos de los reflejos estaban libres del hombre de negro. Tomas también lo veía, y lo ladraba sin cesar nada más entrar en el ascensor.

Y por fin llegó el día, consumió todos los reflejos. Aunque físicamente no estaba a mi lado, podía verlo en todos y cada uno de los reflejos y, lo que era peor, podía sentir su presencia como un gélido aliento respirando en mi cara. Supe que aquella sería mi última noche.

Hice unas llamadas, dejé una carta de despedida y me aseguré de que alguien cuidara de mi Tomas cuando yo ya no estuviera. Cerré los ojos y dormí.

La nueva mañana entró en mis pulmones con una bocanada de aire fresco, regenerador. ¿Por qué seguía allí? No comprendía lo que había ocurrido... Aquel hombre de negro venía a por mí, a reclamar mi tiempo, estaba segura.

Salí rápidamente al ascensor y miré mi reflejo. Estaba limpio, el hombre de negro se había esfumado.

Entonces me di cuenta con temor que el señor Tomas no me había seguido hasta el ascensor, no me había despertado aquella mañana con gruñidos de hambre... Y comprendí con cierto alivio y tristeza, que no era mi muerte la que había estado viendo saltar entre reflejos.

miércoles, 13 de agosto de 2014

De otro planeta


Abordaron la tierra en son de paz, dijeron, y la verdad es que aunque sus costumbres no tenían nada que ver con las nuestras, nunca mostraron ansias de conquista. En la parte terrícola, se consiguió mantener a la población a raya, en un estado de calma tensa, hasta que decidieron marcharse.

A él, tanto visitante inesperado del espacio exterior le traía sin cuidado. Lo que en realidad le perturbaba y le impedía dormir por las noches eran sus enormes ojos negros, su sexto dedo del pie, su malsana obsesión por todo lo que oliera a electrónica; en resumen, era lo mucho que se parecían a él…


Le comenzó a remorder la conciencia, ese bichejo molesto que mordisquea por encima de la nuca. Quizás su madre no mentía después de todo, quizás no había sido todo una alucinación inducida por el alcohol... tal vez la había encerrado tontamente en un manicomio...

jueves, 7 de agosto de 2014

La bestia del Norte

La bestia estaba fuera. No sabíamos de dónde provenía ni cómo había llegado hasta nuestra aldea, pero sabíamos que se alimentaba de carne humana y que, aunque tenía apariencia de hombre, sus ojos no lo eran.

Hablaba en francés con una voz hueca, como si su boca sólo fuera el transmisor de un lamento que procedía del más oscuro de los abismos.

- Está frente a la casa, Ginés -me dijo mi hermano con la cara desencajada por el pánico. Se había asomado entre los tablones que teníamos a modo de contrafuerte sobre puertas y ventanas y debió de verlo allí apostado bajo la lluvia y el fuerte viento que arreciaban.

- Apártate de la ventana, Eduardo -le dije-. No puede entrar, ¿vale? Hemos atrancado todos los accesos.

Un trueno retumbó con furia en el exterior y todas las luces de la casa vibraron hasta apagarse. El salón quedó sumido en una oscuridad casi absoluta, tan solo rota por los pequeños haces de luz que se filtraban desde las farolas de la calle.

- ¡Oh, Señor! -escuché gimotear a mi hermano.

Intenté mantener la calma por él, por los dos, pero el corazón bombeaba en mi pecho a velocidad frenética y me temblaban las manos.

La silueta de la bestia se proyectó en la pared del salón a través de las rendijas de los tablones. Estaba justo frente a una de las ventanas.

- No puede entrar -repetí cada vez con menos convicción.

Había sido testigo con mis propios ojos de su portentosa naturaleza, de su fuerza y su rapidez sobrehumanas. En mi fuero interno sabía que si quería entrar, encontraría la manera.

Entonces la bestia desapareció de la ventana, su sombra se esfumó de la pared. Le siguieron unos instantes de calma tensa en los que reinó el silencio. Mi hermano se acercó a mí y me cogió del brazo, fue en ese momento cuando comenzamos a escuchar unas pisadas en el tejado.

Comprendí demasiado tarde lo que se proponía. Aparté a mi hermano de un empujón y así con fuerza uno de los candelabros que adornaban la mesa del salón.

Por la chimenea cayeron pedazos de ladrillo y piedra y después se asomaron sus ojos, sus horribles ojos de serpiente colgados boca abajo como un vampiro. Gritó al vernos y se abalanzó, con velocidad de vértigo, no sobré mí como esperaba, sino sobre mi hermano que yacía en el rincón más alejado, donde yo le había empujado.

- ¡No! -grité mientras corría hacia ellos con el candelabro en alto, preparado para ser descargado sobre la cabeza de la bestia.

Mi hermano soltó un alarido y, en mitad de mi carrera en la penumbra, tropecé con una de las sillas del comedor y caí al suelo. Mi arma salió despedida y chocó contra una de las paredes. Desarmado, intenté levantarme a pesar de la palpitación dolorosa que me latía en la espinilla.

Entonces la luz volvió, y al contemplar la escena perdí la razón. Mi hermano guardaba un as en la manga, un as en forma de cuchillo que había clavado en el vientre de la bestia. El infernal engendro se desangraba en el suelo sin moverse, como un saco vacío; sus ojos volvían a ser humanos.

Sin embargo, mi hermano... ¡ah, mi hermano! Al mirarlo caí al suelo y enloquecí. Sus ojos estaban desfigurados como los de una serpiente.

- Mon frère -me dijo en perfecto francés a pesar de no haber dado una clase en su vida-. Maintenant, je suis la destruction et la mort. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Ruidos nocturnos


Era la primera noche que pasaban en el piso que acababan de alquilar. Era un precioso ático en pleno barrio de Salamanca, y les había salido tirado de precio solo por la estupidez de que a la antigua inquilina se la había cargado su ex novio en el baño tras un ataque de celos.

Su novia se acurrucó contra su pecho en busca de calor. Las ventanas eran un poco viejas y no aislaban bien del frío exterior. Un mal menor que discutiría con el casero...

Un débil ruido comenzó a escucharse en todo el piso. Sonaba como si un pájaro picoteara una superficie dura, de forma constante y monótona. A ratos cesaba, a ratos volvía, siempre con la misma débil intensidad y el mismo ritmo.

- ¿Qué suena, cariño? -le preguntó ella en un susurro, casi dormida.

- No sé -le respondió-. Es probable que sea el espejo del baño contrayéndose después de apagar la luz.

A ambos les valió la respuesta y se quedaron dormidos mientras el sonido del picoteo se diluía en sus subconscientes.

A las 7.00 de la mañana el despertador los arrancó del sueño. Como siempre ella se levantó primero mientras él disfrutaba unos minutos más de toda la amplitud de la cama, pero esta vez no tuvo tiempo de regodearse en el hueco caliente que ella había dejado, su grito le levantó de golpe.

Salió al recibidor y la encontró con las manos en la boca mirando paralizada al interior del baño. Él se acercó despacio y miró por encima de su hombro. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no gritar también.

Los azulejos blancos del baño estaban cubiertos de goterones rojos, como si las juntas lloraran sangre; pero sin duda lo más sobrecogedor de la escena era el mensaje escrito en el espejo. Estaba picoteado sobre su superficie, como esculpido con un cincel.

"Esta es mi casa. Marchaos."

jueves, 31 de julio de 2014

No todo es superstición


Dicen que, si te pones a las tres de la mañana frente a un espejo y, con una vela encendida, nombras tres veces a Verónica, la hija de Satanás se te aparece y te muestra la forma en la que vas a morir.

También dicen que, si a media noche colocas unas tijeras abiertas en mitad de la Biblia, se levantarán con vida propia y se lanzarán a clavarse contra tu pecho.

Marcos nunca creyó ninguna de aquellas estúpidas supersticiones, por eso, y para demostrar que sus amigos eran unos “gallinas acojonados”, aceptó la apuesta y se plantó a las tres de la mañana frente al espejo del baño. Encendió una vela y llamó a la mismísima hija del diablo.

- Verónica, Verónica, Verónica*.

Para su sorpresa, el espejó vibró y le devolvió otra imagen diferente a su reflejo asombrado: era él mismo con unas tijeras clavadas en el pecho, las mismas tijeras que había dejado abiertas tres horas antes entre las páginas de su Biblia.

*Nota del autor: Espero por tu bien que no hayas leído el relato en voz alta pues, aunque no estés frente a ningún espejo ni sean las tres de la mañana, Verónica puede haberte escuchado…

miércoles, 30 de julio de 2014

No apagues la luz


- No apagues la luz, por favor -le pidió con su vocecita cálida.

- ¿Qué? ¿Por qué, hija? -le preguntó su madre con la mano sobre el interruptor de la luz del pasillo.

- Las sombras de esta casa no me gustan -le susurró la niña sentada al borde de la cama. Hablaba muy bajito, como si temiera que alguien la escuchara.

- Es normal que no te encuentres cómoda en la nueva casa, cariño, pero ya te acostumbrarás.

- No tiene nada que ver con eso -insistió-, tampoco con que papá ya no esté con nosotras. Hay algo que se mueve entre las sombras de esta casa, mamá, y da mucho miedo.

La mujer miró con dulzura a su hija y titubeó sin levantar la mano del interruptor. Quería que su hija aprendiera a superar sus miedos sola y prepararla para el mundo de afuera donde casi siempre era todo oscuridad, pero quizá aún fuera demasiado pequeña, tal vez eso pudiera esperar.

-Está bien -accedió-, pero sólo unos días hasta que te acostumbres.

La niña suspiró aliviada y se tendió en la cama. Aunque la luz de la habitación estaba apagada, la del pasillo permanecería encendida toda la noche y con eso sería suficiente para impedirle pasar.

En cuanto su madre se metió en su habitación comenzó a escuchar la voz: un sonido ronco y hueco que la llamaba desde algún lugar de la casa.

- Claudia... Claudia... Encontraré la manera de entrar.

La niña se incorporó aterrorizada y fijó su vista en el pasillo. Mientras la luz siguiera encendida no había nada que temer.

Pero entonces la luz tembló, vibró, se apagó durante apenas un parpadeo y las sombras colmaron el pasillo unos segundos, el tiempo necesario para dejarlo pasar.

Claudia lo escuchó acercarse a la cama con pavor, pero aún no estaba perdida, guardaba un as en la manga. Sacó sus manitas de debajo de la manta y empuñó la linterna, con la que iluminó toda la cama.

Escuchó un siseo de dolor y el crepitar de carne quemándose cuando el haz de luz incidió sobre la mano que se precipitaba hacia ella desde la oscuridad.

La niña gritó llamando a su madre pero, desde el truculento divorcio, ella tomaba pastillas para poder dormir. Ni el estallido de una bomba bajo su ventana habría conseguido arrancanla del sueño.

- Claudia, Claudia -canturreó la criatura desde la oscuridad de la habitación-, te cogeré pequeña. Esas pilas no van a durar toda la noche...

jueves, 24 de julio de 2014

El coste de la obsesión


Moría de amor por ella.

La amaba tanto que habría removido el cielo y la tierra por una sola de sus sonrisas, por una sola de sus miradas... Era ella la que estaba dentro de él, tan tatuada en su alma que ya formaba parte de su propia existencia, de lo que era.

La amaba tanto que le dolía su recuerdo, que no le dejaba respirar.. pero ella le ignoraba. Su indiferencia era una puñalada que atravesaba día tras día su vigor y lo sumía en una tristeza de mañanas sombrías a pleno sol. 

No podía apartarla de su cabeza así que ideó un plan para tenerla, un plan tan descabellado que cualquiera habría pensado que era locura, un desatino... pero nada hay más enloquecido que la mente de un hombre obsesionado.

Lo dejó todo e investigó. Recorrió todas las universidades del mundo y trabajó junto a los científicos más brillantes. Desentrijó los misterios más ocultos del ADN y del genoma humano, se convirtió en un erudito... y al final consiguió clonarla.

Su trabajo fue excelente. Era igual a ella, exacta, una copia tan perfecta que no sólo se parecía físicamente, sino también en su forma de ser, de actuar, se sentir... por eso el clon de ella tampoco quiso quererlo y optó por ignorarle.

viernes, 18 de julio de 2014

El árbol de los Muertos


El árbol señalaba una bifurcación en el camino. Su tronco estaba seco, y la hojarasca a su alrededor moría igual que el propio árbol. Una de sus ramas, nudosa, se retorcía y se alargaba señalando el camino del Este.

- Es el árbol de los Muertos, señor -le dijo el niño que viajaba con él y que le hacía de guía entre los pueblos de la comarca. La peste proliferaba en la región y, de todos los médicos y sanadores de la Corona, lo habían elegido a él para acudir en su ayuda.

El médico alzó la vista hasta la última rama seca que se recortaba sobre el cielo azul. Una ráfaga de viento sopló repentinamente y agitó la maleza, emitiendo un ruido similar al de los cascabeles. Le vino a la cabeza el recuerdo del viejo druida que le había instruído en su juventud, y que realizaba danzas macabras de sangre  a la luz de una hoguera agitando unos cascabeles... se estremeció.

- ¿Por qué se llama así? -le preguntó el médico.

- Porque aquel que va en la dirección que señala el árbol nunca vuelve -le respondió con absoluta tranquilidad.

El médico palideció mientras entornaba los ojos intentando ver donde acababa el camino, pero a lo lejos descencía tras una colina y la pista se perdía. Se preguntó qué clase de horror encerraba aquella tierra que impedía el regreso de los hombres con vida. Sintió la manos frías y cierto nerviosismo en el cuerpo.

- No se asuste, señor -le dijo el chico que observó cómo comenzaba a temblar-. El motivo por el que ningún hombre regresa de allí es porque ya llegan muertos, señor. Lo que hay tras la colina es el Cementerio.

lunes, 14 de julio de 2014

Los locos de las bóvedas


Luis Cortázar era la definición del escepticismo. Nunca creía nada que no hubieran visto sus ojos, dudaba de todas las historias que se alejaran de lo que él consideraba "el comportamiento normal de las cosas." Y, por encima de todo, no creía en apariciones, fantasmas, maldiciones... Todo el plano paranormal no merecía para él más que burlas y desprecios, eran las creencias del vulgo y la incultura.

Por eso cuando le ofrecieron aquel empleo, como guarda de seguridad del turno de noche en el museo Reina Sofía, aceptó sin dudar. Toda esa leyenda de que en su interior vagaban los espirítus del antiguo hospital que había sido le parecía una atracción turística más.

Cuando en su primera noche de ronda vio, en los monitores de la zona de las bóvedas, a los dos hombres atados en cruz a la pared y dando gritos como si estuvieran siendo torturados, pensó que estaba siendo objeto de una novatada. Salió de garita de seguridad y se dirigió a la zona del antiguo hospital.

La última cámara que lo grabó fue la de los jardines de Sabatini. Nunca más se supo de él, nadie lo vio salir y nadie encontró su cuerpo dentro, aunque es de todos sabido que son centenares las galerías que se retuercen bajo los cimientos del museo...

domingo, 13 de julio de 2014

La mala curiosidad


Siempre se había preguntado por qué, de todas las ventanas de la casa de al lado, aquella situada en la primera planta era la única que tenía reja. Las cortinas del interior nunca se descorrían y Martina se preguntaba a menudo qué era lo que encerraban en aquella habitación.

Los habitantes de la casa eran una familia que a todas luces parecía normal, el padre, la madre y los dos hijos de entre diez y catorce años aproximadamente. No recibían visitas, y todos los domingos acudían con escrupulosa puntualidad a la iglesia.

Uno de aquellos domingos, la mujer llamó a la casa de Martina para pedirle un favor.

- Nuestro hijo Lucas se ha puesto enfermo y nosotros debemos acudir a misa sin falta, ¿podrías cuidar de él en nuestra ausencia? Te pagaremos.

- Claro –le respondió Martina que no se creía su suerte. Por fin iba a poder averiguar lo que escondían tras la reja.

El hijo enfermo era el mayor, que estaba tumbado en el sofá, arropado con una manta y dormitaba. Apenas se movió cuando Martina entró en el salón. Al fondo de la sala vio las escaleras que subían al primer piso y no se lo pensó dos veces. Echó una última mirada al muchacho que seguía inmóvil y se lanzó escaleras arriba.

La planta entera estaba en penumbras. Un estrecho pasillo, flanqueado por puertas cerradas, la cruzaba de norte a sur. No le hizo falta abrir una por una las habitaciones para saber cuál era la que buscaba, estaba segura de que era la única que tenía cerradura, y por supuesto estaría echada.

Se acercó sigilosa y descubrió una línea blanca en el suelo trazada frente al umbral. Estaba hecha de sal. Martina se estremeció, había leído lo suficiente como para conocer la propiedad que se le daba a la sal de proteger contra los malos espíritus. Alguien en la casa pensaba que dentro de aquella habitación había un maléfico ser del que debían protegerse.

Escuchó un gruñito en el interior, y después lo que parecían unas uñas arañando la puerta. Retrocedió con temor y se tapó la mano con la boca para ahogar un grito. Quiso salir corriendo de allí, pero la curiosidad era mayor. Vio la rendija entre el borde de la puerta y el suelo y no pudo evitarlo, se acercó y se inclinó para mirar.

Al principio solo vio oscuridad, ni una sola luz iluminaba el interior. Luego percibió un movimiento y a continuación unos ojos rojos se asomaron por el hueco, surgieron de la oscuridad como dos bolas de fuego y la miraron a ella. Los vio excitarse, llenos de ansia y furia. La criatura del interior chilló frenética y empujó la puerta con más violencia.

Martina se incorporó temblando y se santiguó tres veces. Estaba tan nerviosa que apenas si podía respirar. Se giró hacia la escalera para volver al salón y se topó con el niño enfermo, apostado en mitad del pasillo. La miraba sin pestañear.

- ¿Qué hay ahí dentro? -le preguntó Martina con un hilo de voz.

- Es mi hermano mayor -le respondió-. Durante unas vacaciones se perdió en el bosque y una jauría de lobos lo atacó. No murió, pero regresó convertido en un ser extraño... y maléfico.

- Me voy de aquí -dijo Martina intentando pasar hacia la escalera.

- No puedes -le dijo el niño agarrándola con fuerza por el brazo. Metió la mano en el bolsillo y sacó una llave pequeña-. Mi hermano tiene hambre y es su hora de comer.

viernes, 11 de julio de 2014

Los habitantes de la niebla


Eran las dos de la madrugada, llevaba conduciendo dos horas por una carreretera costera cuando, tras girar una curva, me topé con un muro de niebla que se elevaba hacia el cielo. Surgía de la nada y engullía todo el paisaje, incluyendo la carretera que desaparecía tras la cortina blanca.

Antes de internarme en el espeso banco de niebla, el coche se detuvo sin más. Su motor se apagó con un leve zumbido y se extinguió lentamente. Avancé por la inercia del vehículo hasta detenerme justo a un metro de la niebla.

Me quedé a oscuras con la única iluminación de la luna.

Intenté arrancarlo de nuevo pero no tuve suerte, había muerto. Maldije golpeando el volante con el puño, eran dos horas de vuelta andando hasta el pueblo más cercano y la opción de internarme en la niebla ni siquiera pasó por mi cabeza.

Salí del coche, la mecánica no era mi fuerte, pero quizás echando un rápido vistazo al motor pudiera averiguar lo que había pasado. Entonces vi la sombra difusa emergiendo de la niebla. Un borrón oscuro al principio que poco a poco fue adquiriendo la forma de un niño, pareció materializarse de la esencia misma de la niebla. Estaba vestido como si acabara de representar una función de Oliver Twist.

Recuerdo que me acerqué a él con cierta preocupación, ¿qué hacía un niño a aquella hora de la noche en una carretera desierta? Tenía un aspecto sereno y tranquilo, una actitud que no encajaba con la situación. Y sus ojos... cuando estuve tan cerca como para poder apreciarlos bien, vi que sus ojos eran dos puntos negros sin pupila ni iris.

Sonrío y me mostró su lengua negra. Es lo último que recuerdo.

- Lo siguiente que sé, señoría, es que me encontré rodeado de toda esa sangre. Lo empapaba todo: las paredes, el suelo, el techo... y los cadáveres de esas mujeres que ni siquiera conocía, el cuchillo en mis manos... yo...

El acusado gimió en el estrado. Parecía a punto de sufrir un ataque de ansiedad.

- ¿Pretende que nos creamos esa historia? -le preguntó el fiscal alzando una única ceja.

- Pueden creerla o no -le respondió-, pero es la verdad 

Le siguió un prolongado silencio en el que el fiscal casi dudó de su culpabilidad, pero ese sentimiento se esfumó en cuanto volvió a hablar.

- ¿Quiere decir algo más? -le preguntó.

- Sí -titubeó-. Él me poseyó... -alzó la mano y señaló a los presentes-. Todos ustedes, protéjanse de los habitantes de la niebla.

jueves, 10 de julio de 2014

Letanías en el viento


Fuera el viento arreciaba con fuerza y batía con violencia las contraventanas, que golpeaban las paredes de la cabaña a un ritmo frenético, enloquecedor... No me dejaba dormir.

Desde el principio no me pareció buena idea hacer noche en aquel refugio, perdido en mitad de la montaña, pero se nos echaba la noche encima y era imposible que llegásemos a tiempo al punto de encuentro acordado con el resto de excursionistas.

La dueña de la cabaña era una mujer de ojos oscuros y sonrisa extraña. Hacía un ruido raro al respirar, como si sufriera un ataque de asma permanente. Nos dio de cenar, a mis dos compañeros y a mí, y nos ofreció una habitación con tres camas para dormir.

Ahora mis dos compañeros roncaban en sus respectivas camas pero yo no conseguía pegar ojo. Los golpes no cesaban y estaba segura de que el viento arrastraba una voz, una voz poderosa que recitaba una letanía. Por momentos se volvía completamente audible y después se desvanecía según la fuerza del viento.

Mis nervios se tensaron. De la oscuridad total de la habitación se pasó a una tenue iluminación que se filtraba por las rendijas de la puerta. Era tan leve que sólo podía proceder de una vela. La letanía dejó de variar de volumen para mantenerse fija al otro lado de la puerta.

Me hubiera gustado decir que la voz se parecía a la de la dueña de la cabaña, pero decir eso hubiera sido mentir, porque aquella voz se asemejaba más a un gruñido gutural.

Me metí debajo de las sábanas, me envolví en ellas y recé para que todo tuviera una explicación racional. Se escuchó un leve gemido cuando la puerta se abrió y unos pasos avanzar por la habitación. A través de las sábanas vi su sombra caminar hacia mí, vi sus ojos relucir de un modo que no podía ser humano. Lo vi acercarse e inclinarse...

...Me zarandeó, me zarandeaban...

- Despierta, Julia. Que nos vamos.

Abrí los ojos a la cegadora luz del día. Me costó darme cuenta de dónde estaba, de qué había pasado. Mis compañeros de excursión estaban recogiendo sus pertenencias para ponerse en marcha.

Recordé la agonía de la noche anterior... la sensación de claustrofobia y pánico se deshacía bajo los haces de luz. Tal vez todo había sido un sueño.

Me incorporé y puse los pies sobre el suelo... y entonces se pringaron de una sustancia aceitosa que parecía cera, como la que cae de una vela.

- Qué demonios... -maldije, pero me interrumpí.

Juntó a la cama había dos nítidas huellas de pies enormes...

martes, 8 de julio de 2014

Instinto cazador


- No, no, no... -balbuceó Amanda retrocediendo del hombre que se acercaba-. Tú estás muerto... te enterramos, Joan.

Sin embargo, tres días después, su marido estaba ahí frente a ella. Había regresado a casa, más pálido y ojeroso que de costumbre, pero no podía dudar de que era él.

- ¿Qué dices, Amanda? -preguntó él con la misma voz de siempre-. Tan solo he estado de viaje.

Ella ahogó un grito cuando su marido quiso tocarla. Retrocedió hasta quedar arrinconada entre la pared y la mesa del comedor.

- No -gimió ella-. Te atacaron durante el viaje, en la entrada del hotel, Joan... regresaste en un ataud de madera y te enterramos hace tres días... yo misma arrojé la primera palada de tierra sobre tu tumba...

- Eso no tiene sentido, Amanda -él se acercó aún más a su mujer. No entendía lo que estaba pasando, no sabía a qué se refería-. Yo estoy perfectamente, mírame, sano y salvo. Tan solo tengo una sed terrible del viaje, ¿podrías traerme un vaso de agua, querida? Después nos sentaremos y hablaremos hasta aclarar este desaguisado.

La mujer se escabulló hacia la cocina temblando de arriba abajo, cogió un vaso y lo llenó con agua del grifo. De regreso al comedor derramó la mitad del contenido sobre el parqué debido a los temblores que la sacudían. Sus articulaciones se habían transformado en gelatina.

Allí estaba Joan, sonriéndole desde el sofá. Era él, es decir, parecía él, porque Amanda estaba segura de lo que había vivido en las últimas horas.

El hombre se bebió el vaso de un sólo trago y luego atrajo a su mujer con cariño hasta que la recostó sobre su pecho. Olía como Joan, hablaba y se comportaba como él, pero Amanda seguía resistiéndose a creer que fuera su marido.

- A ver -dijo Joan-, cuéntame desde el principio qué es esa estupidez de que me enterrásteis hace tres días.

Ella tembló de nuevo entre sus brazos antes de comenzar a hablar y, cuando finalmente lo hizo, Joan no pudo escucharla, seguía teniendo mucha sed. Le abrasaba la garganta y le impedía pensar en otra cosa. ¿Qué era lo que le había dicho aquel desconocido durante el viaje, aquel que le asaltó a la entrada del hotel?

"Abre los ojos a un nuevo instinto cazador."

¿Qué había pasado después? No lo recordaba.

Vio a su mujer tumbada sobre él, parecía más tranquila. Deslizó el dedo por su delicado cuello y lo sintió caliente, igual que la sangre que fluía bajo él. Escuchó latir su corazón apresuradamente, bombeando la sangre roja, fresca, deliciosa... tenía tanta sed.

Su nuevo instinto resurgió en él, violento, agresivo, sangriento. Se inclinó con furia sobre su cuello y sació la sed entre los gritos agónicos de su mujer.

Amorales recompensas


Tanto visitante inesperado le atacaba los nervios.

Rosalía le había asegurado que serían pocos los que acudirían al tanatorio a velar a su marido; que había sido un hombre hosco, sin modales y con escasos amigos. Sin embargo, a la hora de la verdad, el lugar estaba abarrotado de gente que presentaba sus condolencias a la compungida viuda.

Miquel la observó silencioso desde el rincón más oscuro de la salita de cafés. Se mordisqueaba las uñas sin parar y su tic nervioso estaba descontrolado.

No podía aguantar más, deseaba con urgencia que se esfumara todo el mundo para que ella pudiera darle al fin su placentera recompensa por haberla librado de "una pesada carga".