Daniel se quedó
mirando la puerta de madera que se alzaba frente a él. El estruendo que
provenía del interior lo intimidaba: voces y cánticos subidos de tono y un
fuerte olor a cerveza se filtraban por
las rendijas de la madera.
No tenía alternativa.
Apoyó todo su peso contra la puerta y empujó.
Tal y como hacía
suponer el barullo de voces, la taberna estaba atestada de clientes que no
repararon en su entrada. Las doce mesas repartidas por el amplio local
rebosaban actividad, aunque la clientela difería sustancialmente de la que
Daniel podría haber encontrado en cualquier lugar el Exterior.
Una manada de perros
compartía mesa con un grupo de hombres y relataban historias de la calle
mientras vaciaban sus jarras de cerveza. En otra mesa media docena de gallos,
con el plumaje embarrado, se quejaban de su suerte y picoteaban bolitas de maíz
de un cuenco de barro.
Al fondo del local,
tras la barra, un oso de pelo pardo de más de dos metros de altura secaba la
vajilla con un paño.
Daniel avanzó con
naturalidad entre las mesas como le había dicho Dizzie, con la mente en blanco
para tratar de anular el temblor en las piernas. Todo iba bien hasta que pasó
junto a la manada de perros. Interrumpieron bruscamente su conversación y
comenzaron a olfatear el aire como si una peste insoportable hubiera inundado
el lugar. Lo mismo ocurrió en la mesa de los gallos.
Poco a poco todo el
alboroto fue acallándose, y cuando llegó a la barra no se escuchaba más que
alguna tos entrecortada y débiles susurros.
El enorme oso pardo
había dejado de secar los vasos y lo observaba con cara de pocos amigos. Todo
el local estaba pendiente de él.
- ¿Qué es lo que
quieres, forastero? –dijo enseñando unos afilados colmillos.
Daniel tragó saliva.
Sentía las miradas de todo el mundo clavadas en su espalda y se podía escuchar
el vuelo de una mosca.
- Yo… buscaba a
Maese Dárail –respondió.
El oso gruñó
ligeramente sorprendido.
- Enséñame tú
muñeca.
El chico se subió la
manga del jersey y dejó que el oso pudiera ver el tres que llevaba tatuado en
la piel.
- ¿Qué es lo que
quieres de Maese Dárail?
Daniel pensó e hizo
lo que mejor sabía hacer: mentir.
- Quiero hablarle
sobre la Marca del Nigromante –dijo.
Una ola de susurros
recorrió la taberna y fue subiendo de volumen hasta convertirse en un rugido.
- ¿Qué puede saber
un forastero sobre la Marca? –le preguntó el oso.
- Sólo hablaré con
Maese Dárail.
Dani se mantuvo
erguido frente al oso, haciendo acopio de toda su fortaleza para hacerles creer
que decía la verdad. Ya lo había hecho otras veces, la actitud era lo más
importante para que nadie dudara de su palabra, mantener la mirada sin
titubeos.
El oso salió de
detrás de la barra y colocó sus más de dos metros de altura a escasos
centímetros de la nariz del chico. Dani no se movió, no se dejaría intimidar
fácilmente.
- No saldrás vivo de
aquí si me mientes –le gruñó.
- Llévame ante Maese
Dárail.
Se produjo un largo
silencio entre los dos en el que ambos se desafiaron con la mirada. Finalmente
el animal retrocedió, se puso a cuatro patas y se dirigió hacia el pasillo que
se abría a la derecha de la barra.
- Sígueme forastero
–dijo.
Cuando entraban por
el pasillo, la taberna volvía a bullir con su jolgorio inicial.
Todo crujía bajo el
peso del enorme oso pardo: las escaleras, los tablones de madera del segundo
piso.... el propio Daniel se estremecía tras cada una de sus zancadas.
Se detuvieron frente
a una de las puertas del pasillo y el oso llamó con rudeza. Dani vio al fondo
la ventana de la que le había hablado Dizzie, pero estaba demasiado lejos para
poder hacer nada.
Del interior de la
habitación provino una voz anémica.
- ¿Quién es?
- Aquí hay un
forastero que pregunta por vos.
Durante algunos instantes
no recibieron más respuesta que el silencio y Dani llegó a pensar que no conseguiría
verle. Su misión estaba a punto de fracasar.
- Que pase –dijeron
al fin con el mismo tono monocorde.
El oso abrió la
puerta y empujó al chico dentro.
- Ha hablado de la
Marca del Nigromante –dijo sin traspasar el umbral de la puerta.
- Gracias, Barat.
Déjanos.
El oso cerró la
puerta tras Daniel, dejándolo a solas en una habitación reducida y sin
ventanas, donde la única luz procedía de un fuego encendido en una chimenea.
Delante de las llamas se perfilaba a contraluz el respaldo de un butacón de
piel roja. Una mano caía lánguida de uno de los reposabrazos y la otra sujetaba
un cigarrillo largo y estrecho que se consumía sin que nadie lo fumara.
- Acércate y dime
cuál es tu nombre –dijo la voz tras el butacón.
Daniel obedeció y
rodeó el sillón hasta situarse junto a la chimenea.
Maese Dárail estaba
tirado con desgana sobre el butacón y tenía los ojos cerrados. Los reflejos de
las llamas brillaban en su pálido rostro y hacían que su pelo pajizo y largo
pareciera pelirrojo.
- Me llamo Daniel
–dijo al cabo de un rato.
- Exudas Exterior
por cada poro de tu piel y no eres más que un crío. ¿Qué puedes saber de La
Marca?
Daniel se preguntó
cómo podía haber averiguado que era un niño si ni siquiera había abierto los
ojos.
- Está claro que
mientes. Ahora dime, forastero, ¿qué es lo que quieres?
- Vengo de parte de
Dizzie… de Maese Adrazel –dijo recordando su auténtico nombre.
El hombre abrió por
fin los ojos y su color plateado resplandeció bajo la tenue luz de la
habitación. Daniel retrocedió instintivamente ante aquella mirada gélida.
- ¿Adrazel, dices?
Deduzco que es él tu Deudor.
El chico asintió.
Maese Dárail dio por
fin una calada al cigarrillo y toda la habitación se inundó de un fuerte olor a
frutos secos.
- Supongo que no
andará muy lejos –dijo-, el vínculo de los Administradores no se lo permitiría.
¿Dónde está mi querido amigo?
A Daniel no le gustó
el tono de la pregunta y todas sus alertas se dispararon. Algo no iba bien en
aquella situación. Permaneció callado evitando mirar los refulgentes ojos de
Maese Dárail.
- Mmm… -dijo
acariciándose el mentón-. Supongo que te ha enviado como conejillo de indias
para saber de mí. Siempre fue un cobarde, pero esto… mandarme a un forastero…
esto es el colmo.
Se levantó del
butacón con una lentitud pasmosa y comenzó a caminar con pasos cortos alrededor
de la habitación. Sus delgadas piernas apenas arrojaban sombra sobre las
paredes.
- Tu Deudor y yo
fuimos compañeros hace mucho tiempo, ¿sabes? –dijo sin parar de caminar-. Por
eso lo conozco muy bien, a mí también me dejó tirado en momentos importantes… Y
luego lo condenaron al Exilio, justo cuando yo más le necesitaba. Fue un
egoísta.
Su tono lánguido y
falto de vida había dado paso a un dialecto furioso y a veces inconexo.
- Por su culpa
estuve a punto de perderla en esa enfermedad que la devoraba. Por fortuna al
final mis ojos se abrieron y, al contrario que él, yo sí supe doblar la rodilla
ante el verdadero rey.
Dirigió su mirada
hacia el chico y entrecerró los ojos.
- ¿Qué hago contigo?
Daniel estaba
confundido. Le costaba creer que Dizzie le hubiera traicionado de ese modo,
enviándole a las manos de un servidor del Nigromante, pero por otro lado ya sabía
de lo que era capaz.
- Barat –gritó Maese
Daráil asomando la cabeza por la puerta.
Cinco minutos más
tarde el enorme oso se presentó en la habitación.
- Llévate al
forastero a la celda del sótano –dijo-, y avisa a la Guardia Nocturna para que
peinen la zona en un radio de veinte metros, que busquen a un gato negro de
ojos verdes y lo traigan ante mi presencia. Está acusado de traición por
colaborar con rebeldes.
- Enseguida, Maese
Dárail.
El oso cogió a Dani
entre sus zarpas y lo sacó arrastras de la habitación. Mientras tiraba de él
por el pasillo del primer piso, Dani vio desde la ventana del fondo la Luna de
Bambala por primera vez.
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