lunes, 9 de marzo de 2015

10. Maese Dárail

                                      Listado de todos los capítulos aquí

Daniel se quedó mirando la puerta de madera que se alzaba frente a él. El estruendo que provenía del interior lo intimidaba: voces y cánticos subidos de tono y un fuerte olor a  cerveza se filtraban por las rendijas de la madera.

No tenía alternativa. Apoyó todo su peso contra la puerta y empujó.

Tal y como hacía suponer el barullo de voces, la taberna estaba atestada de clientes que no repararon en su entrada. Las doce mesas repartidas por el amplio local rebosaban actividad, aunque la clientela difería sustancialmente de la que Daniel podría haber encontrado en cualquier lugar el Exterior.

Una manada de perros compartía mesa con un grupo de hombres y relataban historias de la calle mientras vaciaban sus jarras de cerveza. En otra mesa media docena de gallos, con el plumaje embarrado, se quejaban de su suerte y picoteaban bolitas de maíz de un cuenco de barro.

Al fondo del local, tras la barra, un oso de pelo pardo de más de dos metros de altura secaba la vajilla con un paño.

Daniel avanzó con naturalidad entre las mesas como le había dicho Dizzie, con la mente en blanco para tratar de anular el temblor en las piernas. Todo iba bien hasta que pasó junto a la manada de perros. Interrumpieron bruscamente su conversación y comenzaron a olfatear el aire como si una peste insoportable hubiera inundado el lugar. Lo mismo ocurrió en la mesa de los gallos.

Poco a poco todo el alboroto fue acallándose, y cuando llegó a la barra no se escuchaba más que alguna tos entrecortada y débiles susurros.

El enorme oso pardo había dejado de secar los vasos y lo observaba con cara de pocos amigos. Todo el local estaba pendiente de él.

- ¿Qué es lo que quieres, forastero? –dijo enseñando unos afilados colmillos.

Daniel tragó saliva. Sentía las miradas de todo el mundo clavadas en su espalda y se podía escuchar el vuelo de una mosca.

- Yo… buscaba a Maese Dárail –respondió.

El oso gruñó ligeramente sorprendido.

- Enséñame tú muñeca.

El chico se subió la manga del jersey y dejó que el oso pudiera ver el tres que llevaba tatuado en la piel.

- ¿Qué es lo que quieres de Maese Dárail?

Daniel pensó e hizo lo que mejor sabía hacer: mentir.

- Quiero hablarle sobre la Marca del Nigromante –dijo.

Una ola de susurros recorrió la taberna y fue subiendo de volumen hasta convertirse en un rugido.

- ¿Qué puede saber un forastero sobre la Marca? –le preguntó el oso.

- Sólo hablaré con Maese Dárail.

Dani se mantuvo erguido frente al oso, haciendo acopio de toda su fortaleza para hacerles creer que decía la verdad. Ya lo había hecho otras veces, la actitud era lo más importante para que nadie dudara de su palabra, mantener la mirada sin titubeos.

El oso salió de detrás de la barra y colocó sus más de dos metros de altura a escasos centímetros de la nariz del chico. Dani no se movió, no se dejaría intimidar fácilmente.

- No saldrás vivo de aquí si me mientes –le gruñó.

- Llévame ante Maese Dárail.

Se produjo un largo silencio entre los dos en el que ambos se desafiaron con la mirada. Finalmente el animal retrocedió, se puso a cuatro patas y se dirigió hacia el pasillo que se abría a la derecha de la barra.

- Sígueme forastero –dijo.

Cuando entraban por el pasillo, la taberna volvía a bullir con su jolgorio inicial.



Todo crujía bajo el peso del enorme oso pardo: las escaleras, los tablones de madera del segundo piso.... el propio Daniel se estremecía tras cada una de sus zancadas.

Se detuvieron frente a una de las puertas del pasillo y el oso llamó con rudeza. Dani vio al fondo la ventana de la que le había hablado Dizzie, pero estaba demasiado lejos para poder hacer nada.

Del interior de la habitación provino una voz anémica.

- ¿Quién es?

- Aquí hay un forastero que pregunta por vos.

Durante algunos instantes no recibieron más respuesta que el silencio y Dani llegó a pensar que no conseguiría verle. Su misión estaba a punto de fracasar.

- Que pase –dijeron al fin con el mismo tono monocorde.

El oso abrió la puerta y empujó al chico dentro.

- Ha hablado de la Marca del Nigromante –dijo sin traspasar el umbral de la puerta.

- Gracias, Barat. Déjanos.

El oso cerró la puerta tras Daniel, dejándolo a solas en una habitación reducida y sin ventanas, donde la única luz procedía de un fuego encendido en una chimenea. Delante de las llamas se perfilaba a contraluz el respaldo de un butacón de piel roja. Una mano caía lánguida de uno de los reposabrazos y la otra sujetaba un cigarrillo largo y estrecho que se consumía sin que nadie lo fumara.

- Acércate y dime cuál es tu nombre –dijo la voz tras el butacón.

Daniel obedeció y rodeó el sillón hasta situarse junto a la chimenea.

Maese Dárail estaba tirado con desgana sobre el butacón y tenía los ojos cerrados. Los reflejos de las llamas brillaban en su pálido rostro y hacían que su pelo pajizo y largo pareciera pelirrojo.

- Me llamo Daniel –dijo al cabo de un rato.

- Exudas Exterior por cada poro de tu piel y no eres más que un crío. ¿Qué puedes saber de La Marca?

Daniel se preguntó cómo podía haber averiguado que era un niño si ni siquiera había abierto los ojos.

- Está claro que mientes. Ahora dime, forastero, ¿qué es lo que quieres?

- Vengo de parte de Dizzie… de Maese Adrazel –dijo recordando su auténtico nombre.

El hombre abrió por fin los ojos y su color plateado resplandeció bajo la tenue luz de la habitación. Daniel retrocedió instintivamente ante aquella mirada gélida.

- ¿Adrazel, dices? Deduzco que es él tu Deudor.

El chico asintió.

Maese Dárail dio por fin una calada al cigarrillo y toda la habitación se inundó de un fuerte olor a frutos secos.

- Supongo que no andará muy lejos –dijo-, el vínculo de los Administradores no se lo permitiría. ¿Dónde está mi querido amigo?

A Daniel no le gustó el tono de la pregunta y todas sus alertas se dispararon. Algo no iba bien en aquella situación. Permaneció callado evitando mirar los refulgentes ojos de Maese Dárail.

- Mmm… -dijo acariciándose el mentón-. Supongo que te ha enviado como conejillo de indias para saber de mí. Siempre fue un cobarde, pero esto… mandarme a un forastero… esto es el colmo.

Se levantó del butacón con una lentitud pasmosa y comenzó a caminar con pasos cortos alrededor de la habitación. Sus delgadas piernas apenas arrojaban sombra sobre las paredes.

- Tu Deudor y yo fuimos compañeros hace mucho tiempo, ¿sabes? –dijo sin parar de caminar-. Por eso lo conozco muy bien, a mí también me dejó tirado en momentos importantes… Y luego lo condenaron al Exilio, justo cuando yo más le necesitaba. Fue un egoísta.

Su tono lánguido y falto de vida había dado paso a un dialecto furioso y a veces inconexo.

- Por su culpa estuve a punto de perderla en esa enfermedad que la devoraba. Por fortuna al final mis ojos se abrieron y, al contrario que él, yo sí supe doblar la rodilla ante el verdadero rey.

Dirigió su mirada hacia el chico y entrecerró los ojos.

- ¿Qué hago contigo?

Daniel estaba confundido. Le costaba creer que Dizzie le hubiera traicionado de ese modo, enviándole a las manos de un servidor del Nigromante, pero por otro lado ya sabía de lo que era capaz.

- Barat –gritó Maese Daráil asomando la cabeza por la puerta.

Cinco minutos más tarde el enorme oso se presentó en la habitación.

- Llévate al forastero a la celda del sótano –dijo-, y avisa a la Guardia Nocturna para que peinen la zona en un radio de veinte metros, que busquen a un gato negro de ojos verdes y lo traigan ante mi presencia. Está acusado de traición por colaborar con rebeldes.

- Enseguida, Maese Dárail.

El oso cogió a Dani entre sus zarpas y lo sacó arrastras de la habitación. Mientras tiraba de él por el pasillo del primer piso, Dani vio desde la ventana del fondo la Luna de Bambala por primera vez.

[Siguiente capítulo aquí]