Tardaron cerca de dos horas en llegar a las puertas de la aldea. Caminar en mitad de la oscuridad por un bosque plagado de ruidos extraños y sonidos desconocidos había resultado más perturbador de lo que Dani estaba dispuesto a reconocer. Aunque Dizzie le había asegurado que la mayoría de los caminos estaban protegidos de los peligros del Bosque por barreras mágicas, la sensación de intranquilidad no se despegaba de su cuerpo.
Cuando por fin
avistaron las luces de Calendra tras la cortina de maleza, el nudo que
estrujaba su estómago por fin se soltó.
Una enorme puerta de
madera cerraba una cerca de estacas que rodeaba el pueblo.
Dizzie se acercó al
portón y lo golpeó sacando las uñas. Lo siguió un prolongado silencio hasta que
una pequeña ventanilla se abrió a media altura en la puerta. Un rostro
amoratado por el frío asomó al otro lado.
- ¿Quién va?
–preguntaron.
- Mucho he debido de
cambiar, Tirion, para que no se me reconozca en mi tierra –contestó Dizzie
elevándose a dos patas para dejarse ver mejor.
Al otro lado de la
puerta se escuchó una exclamación de sorpresa.
- ¡Maese Adrazel!
Pasad pronto Señor, la Guardia Nocturna está a punto de hacer su ronda.
Las puertas se abrieron
con un sonoro crujido de bisagras desgastadas y el felino y el chico se colaron
por el hueco.
- Señor Adrazel,
¿qué hacéis aquí? Es peligroso.
El hombre que
trataba a Dizzie con tanto respeto mediríaa un metro setenta. Vestía al estilo
medieval, con una larga camisa de lino y una cota de malla encima. En los pies
llevaba calzas y unas pesadas botas de cuero crudo; y de su cinturón colgaba
centelleante una espada larga. A pesar de tener la cabeza totalmente rapada,
lucía una espesa barba negra.
- Lo sé, Tirion, lo
sé –le respondió Dizzie camuflándose entre las sombras que arrojaba el portón
de madera-, pero es importante que hable Maese Dárail. ¿Aún se hospeda en la
Posada El sueño del Emperador?
- Sí, así es. Ha
hecho de ese lugar su casa.
- Entonces hacia
allí dirigiré mis pasos.
Dizzie comenzó a
caminar pero el vigilante de las puertas lo detuvo.
- ¿Quién es el chico
que os acompaña? –le preguntó mirando a Dani con recelo-. Viste de forma
extraña.
- Es un amigo del
Exterior –le respondió Dizzie-. Va a ayudarme en unos asuntos.
- No es un buen
momento para que un forastero se inmiscuya en asuntos de Bambala –le dijo el
vigilante. Su tono se había endurecido.
Dizzie comenzó a
alejarse haciendo un gesto a Daniel para que lo siguiera.
- Tampoco es el
mejor momento, amigo Tirion, de cuestionar la voluntad de un Señor…
Calendra era una
aldea como Dani siempre había imaginado que serían las de los cuentos. Pequeñas
casas de madera con tejados altos a dos aguas cubiertos de una fina capa de
nieve. A través de las ventanas de cristal se veía el fuego arder en los
hogares. Las calles, empedradas, estaban iluminadas por farolas que encerraban
en su interior centenares de arañas de luz azul.
Avanzaron por sus
silenciosas calles mientras el eco de sus pasos reverberaba por las esquinas.
Dani seguía de cerca a Dizzie, que parecía saber muy bien a donde se dirigía.
- ¿Por qué ese
vigilante te ha llamado Adrazel? –le preguntó al cabo de un rato.
- Porque ese es mi
verdadero nombre.
- ¿Y Dizzie?
- Tan solo un diminutivo.
- ¿Y por qué te ha
llamado Señor? –insistió el chico.
- Porque lo soy.
Viendo que el felino
no tenía intención de mantener una conversación y bajo el riesgo de que
volviera a molestarse por sus preguntas, decidió quedarse callado por el
momento.
Llegaron hasta una especie
de plaza rectangular presidida por una estatua de bronce cuya altura
sobrepasaba los tejados de las casas. Desde su posición dominante, un hombre
montado a caballo y llevando como corona una serpiente enroscada, vigilaba el
paso de todo viandante que se atrevía a cruzar bajo su alargada sombra.
- No siempre se alzó
la figura del Nigromante en esta plaza –dijo Dizzie-. La auténtica estatua se
halla debajo, oculta por la Magia de sus oscuros servidores.
Dani se fijó en la
marca dorada que relucía en la base de la estatua. Era similar a la que había
observado en la cueva y en la escalera que descendía de la entrada a Bambala,
aunque ninguna era exactamente igual a la otra. El extraño carácter siempre
variaba en sus trazos.
No podía aguantar
más la duda, tenía que preguntar.
- ¿Qué es esa marca
brillante que se ve en el suelo? –dijo señalándola.
- ¿Qué marca?
Dani se acercó a
ella y puso un pie justo encima, pero la mirada del gato no siguió su pie sino
que se mantuvo fija en el chico.
- Espero que no
estés mintiendo acerca de esto –le dijo.
- ¿Acerca de qué?
- De la marca, ¿La
ves de verdad junto a la estatua?
- Te lo prometo,
Dizzie. No estoy mintiendo.
- ¿Podrías
dibujarla?
- Si me das un papel
y un boli podría hacerlo sin problemas –dijo el chico.
El gato se quedó
callado mirando a Daniel con ojos diferentes. Un brillo ladino había nacido en
ellos.
- Mira al cielo,
Dani –le dijo-. ¿Ves alguna marca similar?
El chico hizo lo que
le pedía. Desde su posición en mitad de la plaza, la bóveda celeste desplegaba
todo su esplendor estrellado sobre ellos, como una pradera cubierta de fina
escarcha plateada.
- No –dijo al cabo
de un rato-. En el cielo solo veo estrellas.
El gato suspiró
reemprendió la marcha.
- Demasiado bueno
para ser cierto –dijo-. De todas formas, después de hablar con Maese Dárail
iremos a hacer otra visita. No deberías poder ver esas Marcas.
- ¿Por qué, Dizzie?
¿Qué son?
- Son la rúbrica de
los hechiceros. Cada vez que uno de ellos emplea una parte de la Magia de Bambala
para lanzar un hechizo deja una Marca característica. Es como la firma con la que
cada artista identifica su obra y es imborrable, no se puede esconder.
“En principio sólo
aquellos con gran dominio sobre la Magia son capaces de ver las Marcas dejadas
por individuos con menor control de la Magia que ellos, y nunca verán las que
deje otro hechicero con mayor poder. Por eso resulta tan extraño que tú puedas
ver alguna…
- ¿Quieres decir
entonces que tengo un gran dominio sobre la Magia? –preguntó Dani.
- No digas
tonterías, chico, eso es tan imposible como que lluevan ratones. Debe de haber
alguna explicación razonable… Lo más importante de poder ver estas Marcas es
que cualquier persona que sea capaz de leerla o averigüe cómo se pronuncia,
podrá modificar o hacer desaparecer el hechizo en cuestión. ¿Recuerdas el epsina micande que pronuncié en la
cueva?
- ¿Cuándo la pared
de piedra se esfumó?
- Exacto. Epsina micande es la pronunciación de la
Marca de tu amiga Amelia. De esa forma pude hacer desaparecer el hechizo de
ocultación que había lanzado para esconder los guantes.
- ¿Entonces tú
también puedes ver las Marcas?
- Nada más lejos –le
respondió-. Ella me dijo exactamente donde lanzaría el hechizo y las palabras
que tenía que decir para deshacerlo.
- Comprendo –dijo
Dani-. Y lo de mirar al cielo era por si podía ver la Marca del Nigromante en el
hechizo que tapó el sol.
- Así es. Nadie
hasta la fecha ha sido capaz de verla, así que ni siquiera se conoce la forma
que tiene y menos aún cómo se pronuncia.
Se habían detenido
frente a la fachada de un pequeño edificio de dos plantas. De su interior
surgía un gran alboroto de voces y jarras entrechocándose.
- Bienvenido a la posada
El Sueño del Emperador –le dijo Dizzie-. Dentro es probable que me reconozca
mucha gente, y ya no sé de quién puedo fiarme y de quién no, por eso necesito
que me hagas un favor.
- Dime de qué se
trata.
- Tienes que entrar
y atravesar toda la zona de mesas hasta llegar a la barra. Allí, si miras hacia
la derecha, verás un pasillo y unas escaleras que comunican con el piso de
arriba. Sube por ellas y llegarás a otro pasillo con puertas a ambos lados. Abre
la ventana que encontrarás al final para que pueda colarme por ella.
- ¿Y qué pasa si me
paran y me preguntan adónde voy? –preguntó Daniel.
- No lo harán. Tú
compórtate con naturalidad, como si lo hicieras todos los días, y pasarás
desapercibido.
Se rascó detrás de
la oreja y con un perezoso contoneo de la cola se escabulló por un callejón
junto a la posada.
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