lunes, 2 de marzo de 2015

9. Las Marcas de hechizo

                                      Listado de todos los capítulos aquí

Tardaron cerca de dos horas en llegar a las puertas de la aldea. Caminar en mitad de la oscuridad por un bosque plagado de ruidos extraños y sonidos desconocidos había resultado más perturbador de lo que Dani estaba dispuesto a reconocer. Aunque Dizzie le había asegurado que la mayoría de los caminos estaban protegidos de los peligros del Bosque por barreras mágicas, la sensación de intranquilidad no se despegaba de su cuerpo.

Cuando por fin avistaron las luces de Calendra tras la cortina de maleza, el nudo que estrujaba su estómago por fin se soltó.

Una enorme puerta de madera cerraba una cerca de estacas que rodeaba el pueblo.

Dizzie se acercó al portón y lo golpeó sacando las uñas. Lo siguió un prolongado silencio hasta que una pequeña ventanilla se abrió a media altura en la puerta. Un rostro amoratado por el frío asomó al otro lado.

- ¿Quién va? –preguntaron.

- Mucho he debido de cambiar, Tirion, para que no se me reconozca en mi tierra –contestó Dizzie elevándose a dos patas para dejarse ver mejor.

Al otro lado de la puerta se escuchó una exclamación de sorpresa.

- ¡Maese Adrazel! Pasad pronto Señor, la Guardia Nocturna está a punto de hacer su ronda.

Las puertas se abrieron con un sonoro crujido de bisagras desgastadas y el felino y el chico se colaron por el hueco.

- Señor Adrazel, ¿qué hacéis aquí? Es peligroso.

El hombre que trataba a Dizzie con tanto respeto mediríaa un metro setenta. Vestía al estilo medieval, con una larga camisa de lino y una cota de malla encima. En los pies llevaba calzas y unas pesadas botas de cuero crudo; y de su cinturón colgaba centelleante una espada larga. A pesar de tener la cabeza totalmente rapada, lucía una espesa barba negra.

- Lo sé, Tirion, lo sé –le respondió Dizzie camuflándose entre las sombras que arrojaba el portón de madera-, pero es importante que hable Maese Dárail. ¿Aún se hospeda en la Posada El sueño del Emperador?

- Sí, así es. Ha hecho de ese lugar su casa.

- Entonces hacia allí dirigiré mis pasos.

Dizzie comenzó a caminar pero el vigilante de las puertas lo detuvo.

- ¿Quién es el chico que os acompaña? –le preguntó mirando a Dani con recelo-. Viste de forma extraña.

- Es un amigo del Exterior –le respondió Dizzie-. Va a ayudarme en unos asuntos.

- No es un buen momento para que un forastero se inmiscuya en asuntos de Bambala –le dijo el vigilante. Su tono se había endurecido.

Dizzie comenzó a alejarse haciendo un gesto a Daniel para que lo siguiera.

- Tampoco es el mejor momento, amigo Tirion, de cuestionar la voluntad de un Señor…


Calendra era una aldea como Dani siempre había imaginado que serían las de los cuentos. Pequeñas casas de madera con tejados altos a dos aguas cubiertos de una fina capa de nieve. A través de las ventanas de cristal se veía el fuego arder en los hogares. Las calles, empedradas, estaban iluminadas por farolas que encerraban en su interior centenares de arañas de luz azul.

Avanzaron por sus silenciosas calles mientras el eco de sus pasos reverberaba por las esquinas. Dani seguía de cerca a Dizzie, que parecía saber muy bien a donde se dirigía.

- ¿Por qué ese vigilante te ha llamado Adrazel? –le preguntó al cabo de un rato.

- Porque ese es mi verdadero nombre.

- ¿Y Dizzie?

-  Tan solo un diminutivo.

- ¿Y por qué te ha llamado Señor? –insistió el chico.

- Porque lo soy.

Viendo que el felino no tenía intención de mantener una conversación y bajo el riesgo de que volviera a molestarse por sus preguntas, decidió quedarse callado por el momento.

Llegaron hasta una especie de plaza rectangular presidida por una estatua de bronce cuya altura sobrepasaba los tejados de las casas. Desde su posición dominante, un hombre montado a caballo y llevando como corona una serpiente enroscada, vigilaba el paso de todo viandante que se atrevía a cruzar bajo su alargada sombra.

- No siempre se alzó la figura del Nigromante en esta plaza –dijo Dizzie-. La auténtica estatua se halla debajo, oculta por la Magia de sus oscuros servidores.

Dani se fijó en la marca dorada que relucía en la base de la estatua. Era similar a la que había observado en la cueva y en la escalera que descendía de la entrada a Bambala, aunque ninguna era exactamente igual a la otra. El extraño carácter siempre variaba en sus trazos.

No podía aguantar más la duda, tenía que preguntar.

- ¿Qué es esa marca brillante que se ve en el suelo? –dijo señalándola.

- ¿Qué marca?

Dani se acercó a ella y puso un pie justo encima, pero la mirada del gato no siguió su pie sino que se mantuvo fija en el chico.

- Espero que no estés mintiendo acerca de esto –le dijo.

- ¿Acerca de qué?

- De la marca, ¿La ves de verdad junto a la estatua?

- Te lo prometo, Dizzie. No estoy mintiendo.

- ¿Podrías dibujarla?

- Si me das un papel y un boli podría hacerlo sin problemas –dijo el chico.

El gato se quedó callado mirando a Daniel con ojos diferentes. Un brillo ladino había nacido en ellos.

- Mira al cielo, Dani –le dijo-. ¿Ves alguna marca similar?

El chico hizo lo que le pedía. Desde su posición en mitad de la plaza, la bóveda celeste desplegaba todo su esplendor estrellado sobre ellos, como una pradera cubierta de fina escarcha plateada.

- No –dijo al cabo de un rato-. En el cielo solo veo estrellas.

El gato suspiró reemprendió la marcha.

- Demasiado bueno para ser cierto –dijo-. De todas formas, después de hablar con Maese Dárail iremos a hacer otra visita. No deberías poder ver esas Marcas.

- ¿Por qué, Dizzie? ¿Qué son?

- Son la rúbrica de los hechiceros. Cada vez que uno de ellos emplea una parte de la Magia de Bambala para lanzar un hechizo deja una Marca característica. Es como la firma con la que cada artista identifica su obra y es imborrable, no se puede esconder.
“En principio sólo aquellos con gran dominio sobre la Magia son capaces de ver las Marcas dejadas por individuos con menor control de la Magia que ellos, y nunca verán las que deje otro hechicero con mayor poder. Por eso resulta tan extraño que tú puedas ver alguna…

- ¿Quieres decir entonces que tengo un gran dominio sobre la Magia? –preguntó Dani.

- No digas tonterías, chico, eso es tan imposible como que lluevan ratones. Debe de haber alguna explicación razonable… Lo más importante de poder ver estas Marcas es que cualquier persona que sea capaz de leerla o averigüe cómo se pronuncia, podrá modificar o hacer desaparecer el hechizo en cuestión. ¿Recuerdas el epsina micande que pronuncié en la cueva?

- ¿Cuándo la pared de piedra se esfumó?

- Exacto. Epsina micande es la pronunciación de la Marca de tu amiga Amelia. De esa forma pude hacer desaparecer el hechizo de ocultación que había lanzado para esconder los guantes.

- ¿Entonces tú también puedes ver las Marcas?

- Nada más lejos –le respondió-. Ella me dijo exactamente donde lanzaría el hechizo y las palabras que tenía que decir para deshacerlo.

- Comprendo –dijo Dani-. Y lo de mirar al cielo era por si podía ver la Marca del Nigromante en el hechizo que tapó el sol.

- Así es. Nadie hasta la fecha ha sido capaz de verla, así que ni siquiera se conoce la forma que tiene y menos aún cómo se pronuncia.

Se habían detenido frente a la fachada de un pequeño edificio de dos plantas. De su interior surgía un gran alboroto de voces y jarras entrechocándose.

- Bienvenido a la posada El Sueño del Emperador –le dijo Dizzie-. Dentro es probable que me reconozca mucha gente, y ya no sé de quién puedo fiarme y de quién no, por eso necesito que me hagas un favor.

- Dime de qué se trata.

- Tienes que entrar y atravesar toda la zona de mesas hasta llegar a la barra. Allí, si miras hacia la derecha, verás un pasillo y unas escaleras que comunican con el piso de arriba. Sube por ellas y llegarás a otro pasillo con puertas a ambos lados. Abre la ventana que encontrarás al final para que pueda colarme por ella.

- ¿Y qué pasa si me paran y me preguntan adónde voy? –preguntó Daniel.

- No lo harán. Tú compórtate con naturalidad, como si lo hicieras todos los días, y pasarás desapercibido.


Se rascó detrás de la oreja y con un perezoso contoneo de la cola se escabulló por un callejón junto a la posada.

Siguiente capítulo aquí