lunes, 16 de marzo de 2015

11. La marca del Nigromante

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- Te dije que no saldrías vivo de aquí si mentías –le dijo Barat mientras lo conducía escaleras abajo.

- Pensaba que era una amenaza, no una advertencia. Deberías trabajar en el tono con el que dices las cosas.

El oso gruñó mientras abría una puerta semioculta en mitad del pasillo inferior.

- ¿Quién es el gato negro que busca Maese Dárail? –preguntó.

- Un cobarde y un rastrero –dijo Dani-. No sé por qué sigo fiándome de él si no hace más que engañarme con sus tretas y artimañas.

- No hablarás de Maese Adrazel, ¿verdad?

- ¡Ajá! Veo que tú también has sido víctima de sus trucos.

El oso estalló en una risotada y dejó a Dani en el suelo.

- Todos en Calendra hemos sido víctimas de ese pillo felino –dijo-, pero ha sido el Gobernador más justo que ha tenido esta aldea.

- ¿Gobernador?

- Así es, pequeño forastero, durante la época dorada. Incluso se alzó una estatua en su honor en mitad de la plaza como muestra del agradecimiento de las gentes de Calendra a su entrega y dedicación, aunque ahora el Nigromante haya ordenado ocultarla.

- Me cuesta creerte, Barat.

- Puedes preguntarle cuando le veas.

- No estoy muy seguro de que vaya a volver a verlo –dijo Dani mirando hacia el pasillo oscuro que se había abierto tras la puerta. Un olor a cloaca inundaba el ambiente.

- Sé que voy a arrepentirme de esto –dijo Barat-, pero puedes marcharte.

- ¿En serio?

- Sí, antes de que me arrepienta. Diré que te has escapado. Avisa a Maese Adrazel de que Calendra ya no es un lugar seguro para él, que Maese Dárail ha doblegado su voluntad ante el Nigromante a cambio de una cura para su esposa y ha encarcelado a todo aquel que ha demostrado un mínimo rechazo a la Autoridad Oscura.

- Gracias, Barat.

- Vete ya.

Dani corrió por el pasillo y atravesó la taberna como una exhalación. Esta vez nadie reparó en su paso.

Salió a la calle y se dirigió al callejón por donde había desaparecido Dizzie. Allí se encontró frente a un muro de ladrillo de varios metros de altura.

- Dizzie –susurró.

Le llamó varias veces mirando hacia los tejados y la cima del muro, pero no obtuvo respuesta. Sabía que no andaba lejos ya que el lazo del vínculo no se lo permitiría, pero no podía permanecer allí más tiempo, Barat informaría enseguida a Maese Dárail de su fuga y pronto tendría a la Guardia Nocturna encima.

Abandonó el callejón y siguió la calle alejándose de la posada. No sabía a donde se dirigía pero tenía claro que cuanto más lejos se encontrara de aquel lugar más seguro estaría. Dobló la siguiente esquina y escuchó un siseo a su espalda.

Se volvió pero solo vio la débil capa de niebla que avanzaba desde el Bosque. Comenzó a caminar un poco más deprisa, pero no había dado ni cuatro pasos cuando escuchó de nuevo el siseo. Se dio la vuelta y esta vez permaneció algunos segundos más observando la calle, pero siguió sin ver nada.

Cuando se disponía a reemprender de nuevo la marcha escuchó su nombre.

- Dani… psssss… Dani.

Provenía de algún punto entre la pared y el adoquinado de la calle. Se acercó y descubrió una rejilla para la evacuación de aguas. Al otro lado unos ojos verdes lo miraban desde la oscuridad.

- Dizzie, me has engañado otra vez –le dijo Dani.

- No ha sido exactamente así, pero ahora no hay tiempo para discutirlo. Debes salir de las calles enseguida.

- ¿Cómo entro ahí?

- Tienes que volver al callejón al lado de la posada. En la esquina izquierda, en el suelo junto al muro, deberías poder ver una Marca de Hechizo. Se pronuncia Síbilis Oclusus. Es la entrada a los pasadizos de Calendra.

- Pero no puedo volver a la posada –dijo Dani-. Barat habrá dado ya la voz de alarma y nos estarán buscando.

- No hay más puertas, o regresas o caminas por las calles, y te advierto que con la Guardia Nocturna haciendo rondas por ellas no es la mejor opción.

Daniel suspiró y dirigió la mirada hacia la calle por la que había llegado. La niebla se estaba espesando, quizás tuviera una oportunidad.

- Te espero allí –dijo Dizzie, y sus ojos verdes se disolvieron en la oscuridad.

Daniel se acercó a la esquina por la que había doblado minutos antes y asomó la cabeza. Desde allí podía ver la entrada de la posada desdibujada por la niebla. Todo parecía tranquilo.

Se disponía a salir corriendo hacia el callejón cuando la puerta se abrió de golpe. Tras ella se precipitó la delgada y esbelta figura de Maese Dárail seguida de media docena de perros olfateando el aire. Los ojos plateados del hombre brillaban como faros en mitad de la niebla.

El regreso por allí estaba descartado, y con los chuchos rastreando su descarado olor a Exterior, esconderse tampoco era una solución.

Uno de los perros aulló como si hubiera encontrado el rastro de un conejo en una cacería y el resto de los perros lo imitaron.

- No anda lejos, el olor es fresco –dijo uno de ellos.

- Traédmelo –dijo Maese Dárail con su anémica voz.

Daniel echó a correr en dirección contraria al tiempo que los perros se lanzaban entre gruñidos en su persecución. Pensó que con un poco de suerte podría correr lo suficiente para dar la vuelta a la manzana de casas y llegar al callejón por el otro lado, pero pronto comprendió que no era tan fácil como lo había imaginado. Calendra era un laberinto de calles sinuosas trazadas sin lógica y casas que crecían aquí y allá como setas sin ningún sentido urbanístico.

Acabó perdido y con su capacidad de orientación anulada. Fue cuestión de tiempo que se topara con un callejón sin salida. Los gruñidos de la jauría se acercaban cada vez más y pronto le tendrían a la vista. Retrocedió hasta que sus pies chocaron contra el sólido muro de hormigón. Fin de la partida.

La sombra alargada de los perros se proyectaba al inicio del callejón cuando vio un destello dorado por el rabillo del ojo. Giró la cabeza y descubrió una Marca brillante en la pared de la casa más próxima. Se parecía mucho… ¿podía ser que fuera la misma?

No tenía mucho tiempo, era cuestión de segundos que los perros asomaran sus hocicos por el callejón.

- Epsina micande –dijo.

Sintió por primera vez la Magia de Bambala corriendo dentro de él y fue como si nunca antes hubiera estado vivo hasta ese momento. Duró tan solo unos instantes y después experimentó una especie de vacío cuando algo en su interior se quebró. La Marca de hechizo desapareció y una parte de la pared se volatilizó para dejar al descubierto unas escaleras de madera que ascendían.

Sin dudarlo traspasó el umbral de la casa y subió por las escaleras, pero antes de llegar al final un grito asustado le hizo detenerse.

- ¿Qué haces? Has dejado la puerta abierta –dijeron.

Alguien cruzó a su lado bajando las escaleras a toda prisa.

Se escuchó un crujido y el muro de piedra volvió a aparecer ahogando los ladridos de los esbirros de Maese Dárail.


Amelia, con los brazos en jarras, lo observaba al comienzo de la escalera con los ojos inyectados en sangre.

- ¿Cómo demonios has llegado hasta aquí? –le preguntó-. Y sobre todo, ¿cómo demonios has abierto la puerta?

- Leyendo tu Marca –dijo Dani que se había quedado sentado a mitad de la escalera.

Una sonrisa bobalicona había aparecido en su rostro, no se podía creer que la hubiera encontrado.

- Esto es magnífico, maravilloso, re-fantástico. Hasta un forastero sabe donde encontrar y pronunciar mi Marca. Me pregunto qué será lo próximo, ¿aparecerá el Nigromante en mi puerta y me pedirá que le ayude a destruir el mundo?

Subió varios escalones y se encaró con Dani.

- Prometo cumplir mi promesa de patearte el culo ahora mismo si no me dices cómo has llegado hasta aquí –le dijo.

Se disponía a contestar cuando una voz grave lo hizo por él.

- Ha venido conmigo.

La reconoció al instante. El gato negro estaba sentado al final de la escalera y meneaba la cola.

- ¡Dizzie! –dijo Dani subiendo el resto de las escaleras hasta alcanzar al animal.

- Me alegro de que estés bien –le dijo-. Te he venido siguiendo por los pasadizos todo el rato.

- ¿Dizzie? –preguntó Amelia aún desde mitad de la escalera-. ¿Éste es el Dizzie del que me hablaste el otro día? ¿Por qué te llama así, Adrazel?

- Es un diminutivo que uso en el Exterior –respondió el felino.

- ¿Y con qué derecho le has dado a este forastero el nombre de mi Marca?

Dizzie detuvo el contoneo de su cola y miró fijamente a la chica durante un rato.

- Si no confiabas en mí, ¿por qué me lo diste? –preguntó al fin.

- Demuéstrame que no me equivocaba –le dijo-. Dame una razón convincente por la que este forastero merecía conocer el nombre de mi Marca.

- Este forastero, cuyo nombre es Daniel, puede ver las Marcas.

La mirada de Amelia se dirigió hacia el chico y después regresó al gato. Parecía confundida.

- ¿Cómo? –preguntó-. Eso no es posible. Me estáis mintiendo los dos.

- No te mentimos. Yo mismo desconocía esa entrada –dijo Dizzie señalando el falso muro del final de la escalera-. Ha debido de ver tu Marca en la pared y asociarla con la que dejaste en la cueva para esconder los guantes. ¿No es así, Dani?

- Sí, pero hay otra cosa que tengo que contarte –le dijo el chico-. He visto la Luna de Lontananza por primera vez… y tiene una Marca dorada encima.

- La Marca del Nigromante –susurró Dizzie.

Amelia palideció.

- Creo que tengo que sentarme –dijo.

Y de un golpe se derrumbó sobre las escaleras.

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