domingo, 9 de octubre de 2016

La muñeca de porcelana


Miró fijamente cada centímetro de su piel de porcelana. Los ojos de cristal permanecían impasibles, pero la sensación de que aquella estúpida muñeca se había movido no lo abandonó.

¿Qué era lo que le había dicho el dependiente cuando salía por la puerta?

"Que tenga un buen día."

No, no era lo que le había dicho, sino cómo lo había dicho, con esa extraña sonrisa en la boca. Le había recordado a un lobo ladino observando una manada de ovejas... Qué estupidez, pensó en aquel momento, pero ya no, ya no lo creía. Esa muñeca, que le miraba desde el vacío de sus ojos de cristal, tenía algo perverso... algo diabólico.

-¿Para quién es? -le había preguntado el extraño dependiente.

-Es para mi mujer -le respondí-, las colecciona.

-Estupendo. No la vendemos para niños.

LA vendemos. Eso había dicho, como si fuera única en el mundo.

Se acercó aún más a ella. Apenas tres centímetros separaban su nariz de las pestañas artificiales y rizadas de la muñeca. Contuvo la respiración mientras observaba con desquiciada atención cualquier mínimo movimiento, por imperceptible que fuera.

Y entonces lo vio: el ligero brillo en sus ojos, el atisbo de sonrisa en su boca pintada... pero no había nada agradable en aquellos dos vestigios, todo lo contrario, eran dos muecas procedentes del infierno.

Cogió aire para gritar, movido por una evidencia tan ilógica que lo hacía enloquecer, pero no llegó a hacerlo, el grito de su vecina se adelantó. Sonó tan desgarrador, tan inhumano, que por un instante se olvidó de la muñeca y se asomó a la ventana para intentar averiguar qué había provocado semejante alarido.

Lo que vio sería la imagen a la que recurrirían sus pesadillas el resto de su vida.

Su mujer, su amada Matilde, yacía colgada por el cuello del árbol más alto del jardín. Sus pies desnudos se balanceaban sin vida al antojo de la suave brisa y la expresión de su rostro amoratado era una oda al sufrimiento.

Se llevó las dos manos a la cabeza para evitar que estallase en mil pedazos y entonces escuchó la risa ahogada a su espalda. El vello de su nuca se puso de punta.

Al volverse se encontró el rostro de la muñeca que ya no ocultaba su diabólica sonrisa.

-Has sido tú -le gritó cayendo de rodillas y sintiendo que su razón cedía el sitio a la locura-. ¡Has sido tú!

Gritó y gritó y continuó gritando mientras los celadores del manicomio lo arrastraban a la furgoneta de enfermos para ingresarlo.

-Ha sido la muñeca -les decía-. Ella la mató.

Por eso, tened cuidado cuando llevéis a casa a una de esas dulces y angelicales doncellas de porcelana, tal vez sea LA muñeca la que estéis colocando sobre vuestras camas, al alcance de vuestros seres queridos...

martes, 30 de agosto de 2016

16. Sobre Mirirontes y otros monstruos




Según le dijo Amelia, serían el equivalente a las diez de la mañana en el Exterior cuando abandonaron la casa del Maestro de Símbolos por el armario camino a los túneles.

Con un chasquido de su lengua centenaria y cuarteada, el Maestro de Símbolos había roto el vínculo de los Administradores, poniendo fin al compromiso entre Dani y Malena de Anyú, y separando definitivamente los caminos del chico y el gato.

Tenían instrucciones claras pero no muy precisas sobre cómo encontrar al hombre que sabía pronunciar la Marca del Nigromante. Debían seguir el camino del Bosque hasta la siguiente aldea, Orillena, donde tendrían que buscar al Mercader del Fuego para entregarle una especie de piedra negra que les había dado el Maestro. Él les diría el lugar exacto donde se ocultaba el hombre que buscaban.

Pero, quién era el Mercader del Fuego y en qué parte de Orillena vivía, lo desconocían.

Avanzaban por los túneles y Daniel odiaba su silencio pastoso, roto por los ecos de chapoteos lejanos y chillidos de ratas.

- ¿Por qué llevas siempre ese abrigo amarillo? –preguntó-. No me parece el mejor color para pasar desapercibidos.

Amelia se volvió y le arrojó todo el haz de luz de la linterna a la cara.

- ¿Lo ves amarillo? ¡Oh, qué tierno!

- ¿Por qué? ¿No es amarillo?

- Es un abrigo mágico.

Se levantó el cuello y enfocó el revés con la linterna. La Marca Epsina micande se leía en el forro.

- Dependiendo de las intenciones de quien me mira, el abrigo mostrará un color u otro. Por ejemplo, alguien que quisiera hacerme daño vería el abrigo negro o marrón oscuro, lo que me permitiría pasar desapercibida delante de él.

- ¿Y qué significa que yo lo vea amarillo?

- Significa que eres un pardillo, así que venga, démonos prisa en salir de Calendra o acabaremos en el calabozo de Maese Dárail sirviendo de cena para su mujer.

- Eh, no es justo –dijo Dani corriendo detrás de Amelia-. No me has dicho lo que significa el amarillo.

- Cuando seas mayor.

Su paseo por los túneles terminó frente a una pared de adoquines de cemento que bloqueaba el camino. Unas barras de hierro incrustadas en el muro formaban una improvisada escalera que terminaba en una portezuela de madera.

- Sube tú primero, chico. Te alumbro desde abajo.

Dani suspiró mientras se adelantaba, ya había perdido toda esperanza de que alguna vez le llamara por su nombre.

Subió con la agilidad propia de un chico de su edad, sin volver ni una sola vez la cabeza hacia los más de cinco metros de altura que lo separaban del suelo.

- Empuja la puerta y sal, estará abierta –le dijo Amelia.

El rocío nocturno le cubrió como un manto. El aire era fresco y limpio, una bendición después del ambiente cargado de los túneles. La oscuridad era casi total, a excepción de unos tímidos haces de luz de luna que se filtraban entre las hojas de los árboles.

- ¿Estamos en mitad del Bosque? –preguntó Dani secándose el sudor de las palmas.

- Sí, a las afueras de Calendra –le respondió Amelia cerrando la portezuela y enfocando con su linterna a la oscuridad.

- Pero Dizzie me dijo que alejarse de los caminos de piedra podría ser peligroso…

- ¿Es que tienes miedo, chico? Si te asustas de un bosque oscuro igual deberías haber vuelto con tu gato mascota.

- No tengo miedo –le respondió, pero un ligero temblor en la voz le delató.

Amelia soltó una carcajada.

- Anda, vamos –le dijo poniéndose delante-. El camino de piedra está a pocos metros. Adrazel estaba en lo cierto, el Bosque es un lugar muy peligroso.

Dani se pegó a la espalda de Amelia y juntos caminaron a través de la espesa maleza que poblaba el bosque. Las hojas de los arbustos eran puntiagudas y les arañaban las manos y la cara.

Si el silencio que reinaba en los túneles era desagradable, el que se escuchaba en el Bosque era aún peor. El movimiento de los matorrales a su paso dejaba un susurro de hojas que camuflaba, solo a medias, los ruidos extraños del resto de seres que les rodeaban.

- No me empujes, chico –le dijo Amelia a media voz-. Voy todo lo deprisa que puedo. No quiero caer en una trampa para humanos.

- ¿Una trampa para humanos?

- En Lontananza el Hombre no es el único animal que sabe poner trampas para cazar.

Tardaron aún un par de minutos más en llegar al sendero de piedra. Cuando las luces de los farolillos que alumbraban camino por fin se vislumbraron entre los árboles, Dani soltó todo el aire que había contenido y respiró de nuevo con normalidad.

Amelia apagó la linterna y se la tendió a Dani para que la guardara en la mochila.

- Calculo que nos quedan un par de horas de camino hasta Orillena –dijo Amelia- ¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo?

Dani negó con la cabeza.

- En ese caso…

Amelia se interrumpió, el suelo había comenzado a temblar. Miró hacia abajo observando las pequeñas piedras sueltas dar botes enloquecidas y sus ojos se crisparon.

- Daniel, corre.

Le cogió de la mano y tiró de él antes de que el chico fuera consciente de lo que pasaba.

- ¿Qué ocurre, Amelia? –le preguntó mientras se afanaba por no quedarse atrás.

- Corre, corre, corre.

El suelo cada vez temblaba más fuerte y a lo lejos les llegaba el sonido de árboles partiéndose en dos y farolillos estrellarse contra el suelo.

- Se está acercando…

- ¿El qué…? ¿Qué se acerca?

Amelia apretaba su brazo tan fuerte que parecía querer partirlo en dos.

Escucharon a sus espaldas un bramido ensordecedor que helaba la sangre. Amelia tropezó y cayó al suelo arrastrando a Daniel con ella.

Mientras rodaban por el empedrado, una oscura silueta saltó sobre sus cabezas y aterrizó frente a ellos provocando un pequeño terremoto. Olía como los túneles pero multiplicado por mil, y su gruñido hacía que todo el cuerpo de Daniel vibrara.

Una mole de tres metros de altura había bloqueado el camino y les echaba su fétido aliento en la cara. No se parecía a nada que Dani hubiera visto en su vida, ni siquiera los peores engendros de su imaginación le hacían sombra. Era una bestia gigante de cuatro patas, piel negra y un hocico alargado que rebosaba colmillos deformes.

A lomos de aquella bestia, unos ojos plateados les observaban triunfales.

- Mantén las manos donde pueda verlas, señorita Amelia –dijo Maese Dárail-, o quizás debería decir princesa Amelia.

Daniel dejó escapar un leve gemido.

- No sé quién eres, forastero, pero te rodeas por la crème de la crème de la sociedad de Lontananza. Todos proscritos y perseguidos.

Tiró de las riendas que rodeaban el cuello del animal y éste se inclinó con un bufido, permitiendo que Maese Dárail se deslizara hasta el suelo.

- ¿Dónde está Adrazel?

- Ha regresado al Exterior –le respondió Amelia.

Tanto ella como Dani seguían tirados en el suelo sin moverse.

- Minino listo –dijo Dárail-. Siempre supo cómo escabullirse cuando se acercaban problemas. Deberíais haber huido con él.

La enorme mole les miraba con los ojos inyectados en sangre y echando espesos goterones de baba por la boca, su pesada respiración hacía ondear el cabello de Amelia como si lo sacudieran fuertes ráfagas de viento.

- Estoy seguro de que El Señor Oscuro sabrá qué hacer con vosotros. El Mirironte os escoltará hasta el Castillo Negro, y más o vale no intentar ninguna tontería, no dudará en arrancaros la cabeza de un mordisco.

- De ninguna manera –le escuchó susurrar a Amelia.

Todo sucedió a cámara lenta delante de Daniel. El imperceptible movimiento en la mano de Amelia puso en alerta a la enorme mole de grasa y colmillos que tomó impulso para saltar sobre ellos. Sin embargo nunca llegó a hacerlo, el rugido de un disparo resonó entre las altas hierbas de un lado del camino y la bala atravesó de lado a lado la cabeza del Mirironte, que se desplomó de costado sepultando bajo su peso el cuerpo de Maese Dárail.

En menos de un minuto el Bosque había quedado en silencio.

Daniel y Amelia se levantaron del suelo y miraron hacia el lugar de procedencia del disparo. Las hojas se agitaban, algo o alguien se acercaba.

Amelia alzó la mano dispuesta a girar su muñeca.

- Detrás de mí –le dijo a Dani empujándole a su espalda y protegiéndole con su cuerpo-. ¿Quién anda ahí?

De entre la maleza salió un hombre sujetando una escopeta de doble cañón sobre su hombro. Hubiera parecido el dueño de una funeraria, pálido y vestido por completo de negro, sino fuera por sus gafas de sol de montura roja.

miércoles, 17 de agosto de 2016

15. La despedida


Esta entrada forma parte de la historia por capítulos La chica del abrigo amarillo. Si quieres enterarte de toda la historia, el listado de todos los capítulos aquí

Le despertó el monótono repiqueteo de un bastón de madera en el suelo. El Maestro se dirigía con lento caminar hacia el patio delantero.

Amelia había puesto cuatro platos sobre la mesa y estaba repartiendo pequeñas rebanadas de pan en cada uno. Dizzie aún dormitaba a los pies de la cama. Debía de haberse movido durante la noche.

- ¿Es de día ya? –preguntó restregándose los ojos.

- Todo lo de día que puede ser en Lontananza –le respondió el Maestro abriendo la puerta. Al otro lado solo había oscuridad.

Tenía la manga del jersey subida hasta el codo y se dio cuenta de que su peculiar tatuaje de la muñeca con forma de tres ahora era un dos. Se colocó el jersey como pudo y se acercó a la mesa.

- Querría un vaso de leche –le dijo a Amelia que estaba sentada enfrente de él comiéndose su rebanada de pan.

Ella se levantó, se acercó al armario por el que habían entrado el día anterior y cogió un pequeño recipiente de hojalata. Salió al patio y regresó un minuto más tarde con el vaso lleno de un líquido pardusco.

- Agua de nieve derretida –le dijo a Dani dejándolo delante de él-. Si te concentras mucho le encontrarás cierto sabor a fresa. Es lo máximo que puedo darte, chico.

- Me llamo Daniel.

Cogió el tarro que hacía de vaso y dio un sorbo. Estaba tan frío que se le durmió toda la boca de golpe.

- Está helado.

Amelia suspiró e hizo un giro de muñeca alrededor del vaso. Al instante empezó a humear y entre el vapor que desprendía Dani vio cómo se dibujaba la Marca de Amelia.

- Si ahora pronunciara tu Marca, ¿volvería a enfriarse? –le preguntó.

- Podría enfriarse o comenzar a hervir, depende de lo que tú quisieras hacer con mi hechizo. Aunque con la escasa práctica que tienes dudo que pudieras controlar el efecto.

- ¿Puedo probar?

- Puedes probar, pero si lo enfrías no voy a volver a calentártelo.

Dani se calló y bebió del vaso. No le hizo falta concentrarse para percibir el aroma y el sabor a fresa. Era como estar tomando un dulce batido caliente. Dizzie tenía razón: la nieve de Bambala sabía a fresa.

Dani se volvió para buscar al felino y vio que aún no se había movido de la cama. Le llamó un par de veces pero el gato apenas movió la cola.

- Déjalo –dijo Amelia en voz alta para que la oyera-. El un gato gandul de ovillo y chimenea.

- Pues no veo el ovillo ni la chimenea –contestó abriendo uno de sus ojos verdes-. Si hubieras pasado toda la noche encogida en una de esas sillas no desaprovecharías la oportunidad de una cama mullida.

Se estiró arqueando el lomo y bostezó mostrando toda la fila de pequeños colmillos afilados como agujas.

- ¿Qué hay para desayunar? –preguntó.

- Pan de trigo –dijo Amelia-. Es lo único que permiten vender en el bazar.

- Entonces creo que no tomaré nada. Esperaré a llegar al Exterior para cazar un par de ratones.

- ¿Te vas? –preguntaron Amelia y Dani a la vez.

- Sí, ya he visto todo lo que tenía que ver. No pinto nada en esta tierra donde incluso en mi casa soy perseguido. Todo por lo que una vez peleé y defendí se muere, no voy a quedarme a ver cómo se consumen las cenizas.

- Voy a encabezar una rebelión, Adrazel. Devolveré el sol a Lontananza.

- Siempre que consigas entrar en el Castillo Negro y salir de él con vida.

- Saldré de él con vida y con Calas.

- Pues avísame si eso ocurre, mientras tanto mantendré mis bigotes fuera de Bambala –hizo una pausa para rascarse detrás de la oreja-. Ahora tendrás que encontrar la manera de romper el vínculo de los Administradores si quieres que Dani se quede contigo.

Se produjo un silencio tenso en el que la ex princesa y el ex gobernador de Calendra se miraron sin decir nada.

- El vínculo de los Administradores está creado con una Magia básica –dijo el Maestro entrando de nuevo en la habitación-, hasta una mosca podría romperlo. Otra cuestión distinta es el número de tu muñeca, con eso no podemos hacer nada, tendrás que aprender a esconderlo cuando empiece a contar en negativo.
“La cuestión importante aquí es: ¿estás preparado para este viaje?

El Maestro de Símbolos miraba directamente a Dani. Tragó saliva y dejó sobre el plato el pedazo de pan que se estaba comiendo.

- Sí, estoy preparado –dijo.

- Maestro, es tan solo un niño –dijo Amelia-. No puedo responsabilizarme de él ni protegerlo de todos los peligros que me encontraré por el camino. Bastante tendré con mantenerme a mí misma con vida.

La tortuga cerró los ojos y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el bastón.

- Y dime, querida niña –dijo-, ¿cómo piensas abrirte paso hasta el Castillo Negro? ¿Tienes idea acaso de la clase de magia que protege ese lugar?

Amelia abrió la boca para contestar pero la cerró sin haber dicho nada.

- Exacto –dijo el Maestro-, ni tú ni nadie lo sabe. Pocos son los que se han atrevido a ir más allá del puente sobre el Abismo de Otruria y ninguno el que ha regresado. Necesitas al chico y el nombre de la Marca para tener la mínima oportunidad de llegar hasta la Puerta Negra.

La chica bufó como un animal enjaulado

- Re-fantástico. De heroína a niñera, he aquí la gran historia de mi vida.

- ¿Eso es un sí entonces? –preguntó Daniel con la boca llena del último trozo de pan que se había metido.

- Despídete de tu minino –le contestó-, es probable que no volváis a veros en esta vida.

Y con un aura de mal genio revoloteando alrededor de ella, cogió su abrigo amarillo y salió al patio. El Maestro, por su parte, se sentó en el suelo con postura de meditación y cerró los ojos.

Dani se volvió hacia Dizzie que seguía tranquilo sobre la cama. El gato le devolvió una mirada inexpresiva propia de cualquier otro animal del Exterior.

- ¿Me has perdonado ya por lo que te dije anoche? –le preguntó Dani.

- No hay nada que perdonar –le respondió-. Puede que en parte tuvieras razón, pero solo en parte. También estoy preocupado por ti y por lo que pueda pasarte, me sentiré responsable por todo lo que te ocurra pues yo te hablé de este lugar y te lo metí en la cabeza. Si no te hubiera contado nada de Lontananza ahora no estaríamos aquí.

- No tienes que culparte de nada, Dizzie. Yo he tomado la decisión de quedarme y todo lo que me pase será porque yo así lo he querido. Regresa tranquilo.

- Daniel, entiende una cosa, yo no llegué a ti de forma casual. En esta vida hay un motivo para todo, y aunque no puedo revelarte el mío, créeme cuando te digo que Lontananza no es un lugar para ti.

- Nada de lo que me digas me hará cambiar de opinión.

- Si no vuelves, tu madre se morirá de pena.

Daniel se levantó de la silla y se acercó hasta donde el gato estaba sentado para coger una de sus patas entre las manos.

- No puedes permitir que eso ocurra –le dijo-. Esa es la promesa que quiero que me hagas antes de irte. Tienes que cuidar de Eleanor para que no le pase nada malo hasta que sea feliz de nuevo.
- Lo intentaré pero…

- Prométemelo, Dizzie.

El animal cerró los ojos vidriosos y asintió.

- Te lo prometo.

martes, 10 de noviembre de 2015

Revival: Mucho final para tan poca trama


Revival de Stephen King
Advertencia: Esta entrada puede contener spoilers. Todo lo que vas a leer es una opinión personal y no tiene por qué coincidir necesariamente con la tuya.


Quien espere encontrar una historia al más puro estilo Stephen King, como Salem Lot, el Resplandor o Cementerio de animales, se equivoca de libro. Olvídate de esas historias que te hielan la sangre y te hacen mirar dentro del armario antes de acostarte.

King ha venido a contar una historia y lo hace como solo él sabe, con una maestría de genialidades inagotables. En eso hay que estar tranquilos, su literatura sigue intacta. Pero en cuanto al género que lo ha hecho famoso a nivel mundial, tan solo se deja ver al final, en las últimas 50 páginas. Eso sí, por esas 50 últimas páginas merece la pena aguantar las 350 primeras.

Que nadie me malinterprete: no es que el resto de la historia esté mal, nada más lejos de la realidad. La novela es dinámica, los personajes son atractivos y están bien definidos, pero nada de esto es nuevo en las novelas de Stephen King, lo que yo echo de menos es la esencia de su terror obsceno y retorcido que deja abandonado hasta el final de la historia.

El final es sublime, Stephen King en estado puro; no ya por el desenlace propiamente dicho, donde el escritor siempre cojea, sino por el tema y la forma de tratarlo. Revival plasma en palabras, en esas 50 últimas páginas, el miedo a lo desconocido tras la muerte que todos nos hemos planteado alguna vez, y lo hace de manera tan terrorífica que cuando cierras la tapa tras haberlo acabado el regusto amargo perdura en la boca durante varios días.

Aun así, me sabe a poco.

El tema elegido es jugoso, podría haberlo estirado mucho más. DEBERÍA haberlo estirado más. No sé si los plazos de la editorial se le echaban encima o quizás temía las comparaciones con el Frankenstein de Shelley, no lo sé, pero creo que King tiene el suficiente talento como para haberse distanciado de todo eso… además el trasfondo de la trama es otro.

Querido lector, prepárate para adentrarte en la vida de un guitarrista de rock de los ochenta, hundirte en el mundo de las drogas y salir gracias al reverendo Jacobs, magnífico personaje cuya locura comienza a brillar a mitad del libro y acaba dejándote ciego en los acordes finales.
Puntuación: 7/10

lunes, 2 de noviembre de 2015

Interferencias del Otro Lado



Al principio no eran más que eso, interferencias en la radio. La típica niebla ruidosa que se cuela de fondo tras las noticias de última hora del día, cuando rendido caes en la cama y esperas a que el sueño te venza.
Después las interferencias se volvieron más nítidas, no inteligibles por completo, pero sí lo suficiente como para entender palabras. En un primer momento creyó que se trataba de otra emisora intentado abrirse paso en la misma frecuencia, pero por más que intentaba re-sintonizar la voz intrusa no se disipaba.

El día que por fin consiguió entender el mensaje completo que se escondía tras las interferencias de la otra emisora, apagó la radio de un golpe y se prometió que nunca más volvería a encenderla. Hubiera salido de la cama para arrojarla por el balcón, pero estaba demasiado aterrorizado para hacerlo.
Su promesa de nada sirvió, a media noche se despertó con la niebla ruidosa susurrándole al oído y, por encima de ella, la voz extraña, hueca y añeja, repitiendo su mensaje una y otra vez.

- Ella te espera detrás de la puerta. Vigila con ojos y cara de muerta.
Quiso gritar cuando vio iluminarse dos ojos cubiertos de venas palpitantes bajo la puerta, pero perdió el conocimiento antes de poder hacerlo.

Mejor así, pues el horror que apareció tras la puerta le habría quebrado la razón y le hubiera arrastrado antes de tiempo a los infiernos. El muerto que irrumpió en su habitación no quería llevárselo a él, sino destruir la maldita radio para que las voces de los vivos dejaran de perturbar el descanso eterno de los muertos.

lunes, 26 de octubre de 2015

Historias de Ouijas



Habían estado jugando a la ouija en el cementerio, cerca de la tumba de Mike el Loco, que había muerto ahorcado en el cobertizo de su casa. Lo encontró su vecino colgando de una de las vigas de madera del techo. Nadie sabe cómo lo hizo, pues no encontraron a su alrededor ningún objeto que hubiera podido usar para saltar.
Era evidente que uno de sus amigos estaba moviendo el puntero, pero Aníbal ignoraba quien. Incluso cuando preguntó qué era lo que guardaba en el bolsillo y el puntero construyó la palabra SOLEDAD (llevaba una foto de su padre muerto en la guerra de Afganistán), continuó pensando que era alguno de los demás el que lo deslizaba por el tablero.

Sin embargo ahora, en la soledad de su casa, ya no estaba tan seguro. Llevaba el tablero bajo el brazo y tenía que subirlo al desván. Maldijo el momento en el que lo encontró y se le ocurrió la gran idea de contárselo a sus amigos. Ahora tenía que devolverlo a su sitio antes de que regresara su madre y le montara una escenita sobre madurez y responsabilidad.

Algo se movió en el desván, lo escuchó arrastrarse encima de su cabeza. Estaba delante de las escaleras que conducían a la oscura habitación abuhardillada y el corazón se le detuvo. No podía ser real lo que estaba escuchando.

Le llegó un susurro de palabras que parecía proceder de la rendija bajo la puerta del desván. ¿No sonaba igual de cascada y terrosa que la del viejo Mike? ¿No escuchaba como el arrastrar de una soga cuyo otro extremo estuviera anudado a su cuello?
Se golpeó la cabeza con el puño y se dijo que no pensara estupideces. Tan solo estaba dejándose llevar por el pánico.

Subió las escaleras corriendo y abrió la puerta del desván.
Oscuridad y silencio en partes iguales.

La caja donde había encontrado la ouija estaba al otro lado del desván, bajo una pequeña claraboya cubierta de polvo. Miró a su alrededor sintiéndose estúpido por no poder controlar el temblor de piernas que le sacudía.
No había nada allí salvo trastos inútiles y telas raídas, pero la sensación de pánico no le abandonaba. Corrió hasta la caja y soltó el tablero encima. Bajo la tenue luz de la claraboya parecía que todo se veía más tranquilo y el ritmo de su corazón se ralentizó.

Cogió el puntero y lo puso sobre el “No.”
- No –dijo-. No hay ningún espíritu en esta habitación.

Entonces la puerta del desván se cerró de golpe y el puntero se movió lentamente hacia el “Sí”…

jueves, 22 de octubre de 2015

La chica del tren: Decepción

Advertencia: Esta entrada puede contener spoilers. Todo lo que vas a leer es una opinión personal y no tiene por qué coincidir necesariamente con la tuya.



 
Decepción. Es la palabra que define mi estado de ánimo tras terminar de leer anoche La chica del tren. 
Para mí es un ejemplo más de cómo la publicidad eleva en exceso las expectativas en torno a un libro. No venden más las buenas historias sino las que mejor se publicitan. Sinceramente, esperaba mucho más de este libro. Creía que me iba a encontrar con una historia intrincada y llena de misterios imposibles que se resolverían con maestría al final, y me he encontrado con un topicazo.
Sí, es cierto que lo leí en menos de tres días (tres ratos para ser más precisa), pero es debido a que la letra es grande y la paginación estrecha.
Reconozco que al principio la trama despierta una cierta curiosidad, nada del otro mundo, pues la historia se desarrolla alrededor de una desaparición sin más, sin otro ingrediente que le dé más salsa que una mujer que desaparece un sábado por la noche tras haber discutido con su marido (súper original, ¿eh?). 
Eso ocurre aproximadamente en la página 40. Pues en el resto de la historia no ocurre NADA, Paula Hawkins se dedica a narrar los desvaríos de una mujer borracha y, en mi opinión, fuerza situaciones que no son nada creíbles solo para poder tener algo que contar.
Si estás acostumbrado a leer este tipo de novelas, el final se ve venir desde mucho antes de que se desvele el misterio. Y los motivos del asesinato... ¿en serio? A pesar de ser otro topicazo más se podrían haber pulido mejor. Como ejemplo Woody Allen, que trató el mismo tema con maestría en Match Point. Aquí falta esa intensidad, esa atmósfera agobiante, y sobre todo ese toque de originalidad (o genialidad) que le dan credibilidad y hacen brillar a la película y le restan veracidad al libro.
Pero no todo es malo. A pesar de que la historia carece, en la mayor parte de su extensión, de diálogos largos, la lectura no resulta pesada en ningún momento, y si dispones de tiempo suficiente puedes leértelo en un día sin sentir aburrimiento o cansancio. Eso sí, leerás, leerás y leerás con el ansia de desvelar el misterio pero mientras tanto tendrás la sensación de que la historia no avanza nada.

Puntuación: 5/10

martes, 20 de octubre de 2015

Abandonado hasta el anochecer

 
Esta mañana he visto una notica en los medios de comunicación sobre la cantidad de pueblos que se están quedando vacíos. Comentaban que era debido a la tendencia de la población a abandonar el medio rural y mudarse a las ciudades donde hay mayores oportunidades, pero yo sé que no es cierto.
Los equipos de reporteros se desplazan allí durante el día y no ven más que parcelas desiertas y casas medio derruidas, devastadas por los temporales y la falta de mantenimiento. Las ventanas de cristales rotos se abren a habitaciones de techos desconchados por la humedad y muebles raídos. Son pueblos fantasmas durante el día, pero si tu coche se queda parado en mitad de uno de esos páramos después de haber anochecido, tu percepción de lo que es un pueblo fantasma puede cambiar.
Hay cosas que se esconden en la oscuridad y esperan la noche para arrastrarse y salir a la superficie. No son humanos… ya no.
Huelen a podrido y sus huesos se fracturan al caminar, pero no les duele, ya no están vivos. Sin embargo necesitan seguir alimentándose, y la sangre de los que aún respiran es lo que más ansían. Si detectan tu presencia, ya no podrás escapar.
No salgas del coche, no te muevas, no respires… Escóndete bajo los asientos e ignora los ruidos que oirás en el exterior. Quizás arañen el coche, quizás asomen sus cadavéricos rostros por la ventanilla… no te muevas. Espera al alba y reza para que no descubran que estás ahí.
Si una de esas criaturas llega a tu pueblo, corre. Si dudas, aunque solo sea un segundo, pasarás a formar parte del listado de las personas que se “mudan” a la ciudad.
Ya lo dijo Bam Stoker, “los muertos caminan deprisa.”

lunes, 6 de abril de 2015

14. Una princesa sin corona



                                    Listado de todos los capítulos aquí

No sabía la hora que era pero tenía mucho sueño. Amelia cocinaba unas verduras en el hornillo y a base de círculos con los dedos le daba más o menos potencia al fuego. Daniel y Dizzie estaban tumbados en el duro colchón que servía de cama.

- ¿Por qué la has llamado princesa antes? –le preguntó Dani en un susurro para que ella no les escuchara.

- ¿Cuándo?

- Pues antes, cuando discutíais. Le has dicho “¿me estáis amenazando, princesa?”

- Bueno, Dani, es que Amelia es en realidad la princesa de Bambala.

- ¿En serio?

Se incorporó de un salto en la cama olvidando la fatiga del sueño y la miró con detenimiento. Era tan delgada que parecía sumamente frágil, pero ese temperamento que le nacía de dentro y lo arrollaba todo indicaba mucha fortaleza interior.

- Su padre era el rey de Bambala antes de la llegada del Nigromante, pero cuando la noche eterna se cernió sobre esta tierra sus padres fueron asesinados. La hermana del rey, Camila, la rescató a tiempo y ambas huyeron al Exterior. Su hermano y heredero al trono, el príncipe Calas, no tuvo tanta suerte y acabó retenido por el Nigromante y encerrado en las catacumbas del Castillo Negro.

- ¿Cuántos años tenía ella cuando ocurrió todo?

- Tal vez diez o doce años.

- Pobre –dijo Dani.

- Así es. Ella fue obligada a abandonar todo cuando amaba y tú sin embargo has tomado esa decisión a la ligera. ¿No ves la ironía? ¿No ves lo poco que has valorado todo lo que tenías?

- No estamos hablando de mí, Dizzie, no intentes darle la vuelta a la tortilla. ¿Cuál es ese camino tortuoso que está a punto de iniciar? ¿Lo sabes?

- El Nigromante ha amenazado con matar al príncipe Calas ante el mínimo atisbo de rebelión en el pueblo. Así que todos esperan en una calma tensa que se produzca el milagro: que consiga escapar o que alguien tenga el coraje suficiente para entrar en el castillo y sacarlo de allí. Y así se consumen lentamente los días… y ya van quince años.

“Amelia ha vivido todo este tiempo en el Exterior, exiliada como yo, pero cuando su tía Camila enfermó de Alzheimer tuvo que volver a entrar en Lontananza para conseguir polvo de erizo y frenar su enfermedad. Al principio pensó que tendría que suplicar la clemencia de aquellos que una vez fueron sus amigos para no acabar en las catacumbas junto a su hermano, pero se llevó una sorpresa al comprobar que nadie la reconocía ya.

“Trabajó durante algunos meses para conseguir la medicina que su tía necesitaba pero no pudo soportar ver las condiciones en las que sobrevive su pueblo, así que se ha propuesto ser ella misma la que libere a su hermano del Castillo Negro e inicie la rebelión que expulse al Nigromante de esta tierra.

- Vaya –dijo Dani mirándola con veneración-. Qué valiente.

- No, Dani. No es valentía lo que definen sus actos sino una auténtica locura provocada por la desesperación.

- Iré con ella si me lo pide.

Dizzie se puso a dos patas para mirar frente a frente al chico.

- Escúchame Daniel Almádena –le dijo-, no estás viendo más que una falsa ilusión de Bambala creada por lo que tú deseas que sea, pero en realidad este lugar es el escenario de una espantosa pesadilla de miedo y opresión. Si sigues sus pasos caminarás hacia la muerte pues es allí donde se dirige.

- No me asustas si es eso lo que pretendes.

- Ella te utilizará. Se servirá de ti para encontrar el paso hacia el Castillo Negro y luego se desentenderá de ti porque no le importas nada. Eleanor sin embargo…

- No te atrevas a meter a Eleanor en esto –dijo apretando los dientes-. Lo único que a ti te importa es que si no regreso contigo ya no tendrás a nadie que escuche tus gastadas historias sobre días mejores y te observe con callada admiración mientras las cuentas.

Dizzie volvió a ponerse a cuatro patas. La luz de sus ojos verdes se había apagado.

- ¿Se puede saber qué cuchicheáis vosotros dos? –les dijo Amelia volcando las verduras en tres platos-. Venid a la mesa antes de que se enfríen.

Cenaron los tres en silencio. Dani se comió todas y cada una de las pobres y consumidas verduras que cayeron en su plato, pero más por educación que por gusto, porque eran insípidas y la mitad de ellas estaban chamuscadas.

- Tengo que ir al baño antes de dormir –dijo cuando terminó de cenar.

- Pues sal al patio –le respondió Amelia.

- ¿Al patio?

- Sí, eso he dicho. Siento mucho que este mundo no esté tan evolucionado como el tuyo, pero así es como hacemos esas cosas aquí.

Dani salió por la desvencijada puerta a un pequeño patio delantero delimitado por un muro de piedra. La oscuridad era casi absoluta a excepción de la tenue luz anaranjada que procedía de una ventana en el piso de arriba. El Maestro de Símbolos debía de seguir estudiando.

Cuando volvió a entrar tan solo una de las velas de candelabro seguía encendida. Dizzie se había acomodado en una de las sillas y Amelia estaba tumbada en un lado de la cama dejándole el otro libre.

Se acercó lo más sigiloso que pudo hasta el felino que dormitaba con la cabeza apoyada en las patas delanteras.

- Siento lo que te dije antes, Dizzie. Lo hice sin pensar.

El gato movió ligeramente la cola pero no abrió los ojos.

Comprendió que no obtendría más respuesta así que volvió hacia la cama y se echó junto a Amelia, arropándose con una manta gruesa de lana.

- ¿No podrías haber hecho magia y que apareciera otra cama? –le preguntó.

- La Magia de Bambala no funciona así, chico. No es como los magos que has visto en las películas.

- Me llamo Daniel –le dijo-. Si te acompaño a rescatar a tu hermano, ¿me lo explicarás?

- No lo sé… tengo mucho que pensar esta noche.

Se giró y le dio la espalda arrastrando la manta con ella y dejando a Dani con medio cuerpo fuera. Allí no estaba Eleanor para meter las sábanas por debajo del colchón... Se preguntó qué estaría haciendo su madre en ese momento.

[Próximo capítulo 13/04]

lunes, 30 de marzo de 2015

13. El Maestro de Símbolos


Los pasadizos formaban un intrincado laberinto de galerías, escaleras y puertas secretas apenas iluminadas por la escasa luz que se filtraba del exterior. Dani estuvo a punto de caerse un par de veces debido a la falta de luz y al suelo irregular.

Se colaron por una estrecha puerta escondida entre dos gruesas columnas de acero y accedieron al interior de una habitación cuadrada a través de un armario empotrado en la pared.

Dani no dejaba de asombrarse ante las maravillas que aquel nuevo mundo le ofrecía. Jamás abandonaría Bambala, haría lo que fuese necesario.

La habitación estaba iluminada por un gran candelabro de tres brazos que colgaba del techo en el centro de la estancia. Además del armario por el que habían entrado, una cama, una mesa con cuatro sillas y un hornillo componían el resto del mobiliario. La única comunicación con el exterior era una desvencijada puerta de madera que amenazaba con venirse abajo, ni una sola ventana en ninguna de las cuatro paredes.

Una empinada rampa en un rincón conducía al piso de arriba.

- Es todo muy… austero –dijo Dizzie.

- El Maestro ha consagrado su vida al estudio de las Marcas –dijo Amelia-. No necesita nada más.

- ¿Y los libros? –preguntó Dani.

- El estudio está arriba, pero nosotros le esperaremos aquí abajo.

- Siento que te estén persiguiendo por nuestra culpa –le dijo Dani.

Ella no respondió. Se agachó junto a la mesa y sacó de debajo una canasta con unas cuantas hogazas de pan. Cogió una y se la lanzó al chico que comenzó a devorarla al instante.

- ¿Quieres una, Adrazel? –le preguntó.

- No, gracias. Para mí con el caldo ha sido suficiente.

Dani y Dizzie se sentaron dos sillas alrededor de la mesa mientras Amelia subía al piso de arriba. Regresó a los pocos minutos con un papel amarillento, una pluma y un bote de tinta entre las manos, y los colocó delante de Dani.

- ¿Podrías dibujar la Marca que viste sobre la Luna? –le preguntó.

- Claro, si me enseñas a usar eso antes –dijo señalando la pluma.

Amelia destapó con cuidado el corcho que mantenía cerrado el bote de tinta e introdujo la punta de la pluma en él. Una vez se hubo empapado bien, se la tendió al chico.

- ¿Ves? –le dijo-. No tiene mucha complicación.

Dani la agarró con torpeza y comenzó a trazar líneas en la hoja según recordaba el símbolo dorado que había visto en la Luna. Amelia y Dizzie le observaban sin pestañear, con los cuerpos rígidos y sin apenas moverse.

Cuando terminó, empujó el pergamino amarillo al centro de la mesa para que ambos pudieran verlo. Dizzie miró a Amelia.

- ¿Y bien?

- Y bien qué –le dijo ella-. Yo no soy Maestra de Símbolos, no tengo ni idea de cómo se pronuncia eso.

- Pues si no recuerdo mal, estudiaste las Marcas con el Maestro casi desde tu nacimiento, algo podrías haber aprendido.

- ¿Qué estás insinuando, Adrazel?

Amelia levantó la mano con los dedos índice y corazón erguidos delante de los bigotes del felino.

- ¿Me estáis amenazando, princesa? –le preguntó Dizzie con los ojos amarillos.

En ese momento la puerta de la casa se abrió con un quejido lastimoso y una silueta se perfiló en el umbral.

- No toleraré amenazas en esta casa –dijo.

Amelia bajó enseguida la mano y la escondió detrás de su espalda.

- Buenas noches, Maestro –dijo inclinando ligeramente la cabeza-. Disculpad esta intromisión en vuestra casa.

- No es la intromisión lo que me molesta, sino las voces que vengo escuchando desde que doblé la esquina. ¿Se puede saber qué está pasando aquí?

El Maestro de Símbolos avanzó despacio por la habitación hacia la mesa. Un pequeño bastón aseguraba sus torpes pasos y Dani no pudo evitar mirarlo fijamente con la boca abierta. Le parecía un milagro estar presenciando el lento caminar a dos patas de una tortuga dirigiéndose hacia ellos.

- Venga, siéntese a la mesa –le dijo Amelia-. Hay algo que quiero enseñarle.

Cuando el Maestro entró en el círculo de luz del candelabro, Dani pudo observar los centenares de anillos que poblaban su enorme caparazón. Era la tortuga con más años que había visto en su vida.

- Pero, ¿dónde quedó tu educación, querida Amelia? ¿No me presentas a mis invitados?

- Sí, perdón Maestro.

La tortuga se sentó a la mesa frente al chico y el felino. Sus pequeños ojos negros y su sonrisa benévola tranquilizaron a Dani.

- Él es Maese Adrazel, gobernador de Calendra hasta la llegada del Nigromante.

- Te conozco Maese Adrazel –le dijo con un hablar lento, arrastrando las palabras-. Hace mucho que no pisas estas tierras.

- Me expulsaron, Maestro –dijo Dizzie-. Fui condenado al Exilio acusado de colaborar con rebeldes.

- Comprendo. ¿Y él?

- Él es un habitante del Exterior –dijo Amelia-. Su nombre es Daniel.

La tortuga permaneció un buen rato observando al chico. Sus diminutos ojos lo recorrieron de hito en hito y Dani terminó por revolverse incómodo en su silla.

- Hueles igual que mi querida Amelia cuando regresa del Exterior –dijo sin perder la sonrisa-. Ese mar vuestro deber ser magnánimo para impregnar todo de ese olor tan especial.

Dani no supo qué decir. Se sentía intimidado por la anciana tortuga y su forma de mirarle.

- Tomad, Maestro –dijo Amelia acercándole el papel amarillo-. ¿Qué nos podéis decir de esta Marca?

- Que es la Marca del Nigromante –dijo sin apenas mirarla.

- ¿Cómo? ¿Ya la conocíais?

- Llevo un tiempo viéndola sobre la Luna.

- ¿Y por qué no me habíais dicho nada, Maestro?

- De qué sirve que vea la Marca, querida Amelia, si no puedo pronunciarla. He estado sondeando sus trazos, intentando desentrañar los misterios que encierran sus líneas, consultando libros antiguos de bibliotecas prohibidas, pero su pronunciación se esconde tras un muro infranqueable.

Agarró el papel con el dibujo de la Marca y lo arrugó con sus patas nudosas.

- No quiero esto en mi casa –dijo-. Ahora decidme quién de vosotros es el que ha visto la Marca. Ha sido el forastero, ¿verdad?

Dani se sonrojó y asintió.

- Hemos venido a consultarle, Maestro –dijo Dizzie-. Tal vez usted sepa cómo es posible que un forastero, cuyo conocimiento acerca de la Magia de Lontananza es nulo, pueda ver las Marcas de Hechizo.

- Es una cuestión interesante, sin duda –dijo el Maestro de Símbolos bajando de la silla y comenzando a pasear por toda la habitación.

El golpe de su bastón sobre el suelo de piedra producía un sonido hueco que retumbaba en la estancia semivacía.

- Conoces la profecía, ¿no es cierto, Amelia? –le dijo.

- Por supuesto, pero la profecía habla de un noble caballero ataviado con una esmaltada armadura y portador del baluarte de la luz. No creo que pueda aplicarse en este caso.

- No… ciertamente no.

La tortuga se detuvo y volvió a observar a Dani, esta vez directamente a los ojos.

- Hay muchos fallos en él que deberían ser extirpados primero.

Regresó a su silla y le pidió a Amelia que tomara asiento en la que quedaba libre.

- Aún y con todo, querida Amelia, no podemos dejar pasar la oportunidad que nos brinda el destino. Yo jamás hubiera podido acompañarte, estas débiles patas son más un castigo que una ayuda, pero este chico puede serte de gran ayuda en el tortuoso camino que te has propuesto recorrer.

- No sé si os sigo, Maestro. ¿A qué os referís exactamente?

- ¿Recuerdas que te hablé del nacimiento del poder oscuro? ¿De cómo tomó el cuerpo del Nigromante?

Amelia asintió.

- ¿Recuerdas que te hablé de un hombre que sin querer lo presenció todo? Ahora vive oculto en el bosque temiendo que el Nigromante lo descubra y quiera acabar con su vida pues ese hombre escuchó pronunciar la Marca de la misma boca del Señor Oscuro. Id a verlo, que os revele su pronunciación. Con eso y junto con el chico podrás abrirte camino a través de los mil hechizos que ocultan el paso al Castillo Negro.

Amelia y Dizzie saltaron a la vez de sus asientos. Ambos querían protestar y sus voces formaron un barullo incomprensible.

- Es suficiente por hoy, estoy cansado –dijo alzando una pata y haciéndoles callar-. Podéis dormir los tres aquí abajo si gustáis, mañana continuaremos la charla. Piensa en lo que te he dicho, querida niña.


Y con su lento y torpe caminar subió la rampa que conducía al estudio y desapareció de su vista.

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